2 de septiembre
Mañana
Marcos 1:30«Y la suegra de Simón estaba acostada con calentura; y le hablaron luego de ella.»Muy interesante es esta breve ojeada a la casa del Pescador apostólico. Vemos enseguida que los gozos y los cuidados del hogar no son estorbo para el pleno ejercicio del ministerio; antes bien, como ofrecen ocasión de presenciar en persona la obra graciosa del Señor sobre la propia carne y sangre, pueden incluso instruir al maestro mejor que cualquier otra disciplina terrenal. Los papistas y otros sectarios pueden denigrar el matrimonio, pero el verdadero cristianismo y la vida del hogar concuerdan bien. La casa de Pedro era probablemente una pobre choza de pescador, pero el Señor de la gloria entró en ella, se alojó en ella y obró en ella un milagro. Si este librito se lee esta mañana en alguna cabaña muy humilde, anime este hecho a los moradores a buscar la compañía del Rey Jesús. Dios está más a menudo en las chozas pequeñas que en los palacios ricos. Jesús está mirando ahora en torno a tu aposento, y espera para hacerte gracia. En la casa de Simón había entrado la enfermedad; la calentura, en forma mortal, había postrado a su suegra, y tan pronto como Jesús llegó le hablaron de la triste aflicción, y él se apresuró al lecho de la enferma. ¿Hay alguna enfermedad en la casa esta mañana? Hallarás que Jesús es, con mucho, el mejor médico: ve a él enseguida y cuéntale todo el asunto. Pon el caso delante de él inmediatamente. Concierne a uno de los suyos, y por eso no será cosa trivial para él. Observa que al punto el Salvador restauró a la mujer enferma; nadie puede sanar como él. No hemos de dar por seguro que el Señor quite al instante toda enfermedad de aquellos a quienes amamos, pero podemos saber que la oración creyente por los enfermos tiene muchas más probabilidades de ir seguida de restauración que cualquier otra cosa en el mundo; y donde esto no alcance, hemos de inclinarnos con mansedumbre a su voluntad, de aquel por quien se determinan la vida y la muerte. El tierno corazón de Jesús espera oír nuestros pesares; derramémoslos en su oído paciente.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Juan 4:48«Si no viereis señales y milagros no creeréis.»El ansia de prodigios era un síntoma del estado enfermizo de las mentes de los hombres en los días de nuestro Señor; rehusaban el alimento sólido y se consumían por el mero asombro. El evangelio que tanto necesitaban no lo querían; los milagros que Jesús no siempre elegía dar los exigían con avidez. Muchos hoy en día han de ver señales y milagros, o no creerán. Algunos han dicho en su corazón: «He de sentir un hondo horror de alma, o nunca creeré en Jesús.» Pero ¿y si nunca llegaras a sentirlo, como probablemente nunca lo sientas? ¿Irás al infierno por despecho contra Dios, porque él no quiere tratarte como a otro? Alguno se ha dicho a sí mismo: «Si yo tuviera un sueño, o si pudiera sentir una sacudida repentina de no sé qué, entonces creería.» ¡Así sueñan ustedes, mortales indignos, que mi Señor ha de dejarse dictar por ustedes! Son mendigos a su puerta, que piden misericordia, y por fuerza se ponen a redactar reglas y reglamentos acerca de cómo ha de dar esa misericordia. ¿Piensan que él se someterá a esto? Mi Maestro es de espíritu generoso, pero tiene un corazón de veras regio: desprecia todo dictado y mantiene la soberanía de su obrar. Pues bien, querido lector, si tal es tu caso, ¿por qué ansías señales y milagros? ¿No es el evangelio su propia señal y su propio milagro? ¿No es esto un milagro de milagros: que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda»? Ciertamente aquella palabra preciosa, «el que quiere, tome del agua de la vida de balde», y aquella promesa solemne, «al que á mí viene, no [le] hecho fuera», ¡son mejores que las señales y los milagros! A un Salvador veraz se le debe creer. Él es la verdad misma. ¿Por qué has de pedir prueba de la veracidad de Aquel que no puede mentir? Los demonios mismos declararon que él es el Hijo de Dios; ¿vas tú a desconfiar de él?
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde