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30 de agosto

Mañana

Salmos 27:14«Aguarda á Jehová»

Puede parecer cosa fácil el aguardar, pero es una de las posturas que el soldado cristiano no aprende sino con años de enseñanza. Marchar y marchar a paso veloz es mucho más fácil para los guerreros de Dios que permanecer inmóviles. Hay horas de perplejidad en que el espíritu más dispuesto, ansiosamente deseoso de servir al Señor, no sabe qué partido tomar. ¿Qué hará entonces? ¿Atormentarse con la desesperación? ¿Huir hacia atrás por cobardía, volverse a la mano derecha por miedo, o lanzarse adelante por presunción? No, sino simplemente aguardar. Aguarda, sin embargo, en oración. Invoca a Dios, y extiende el caso delante de él; dile tu dificultad, y apela a su promesa de auxilio. En los dilemas entre un deber y otro, es dulce ser humilde como un niño, y esperar con sencillez de alma en el Señor. Con certeza nos irá bien cuando sintamos y conozcamos nuestra propia necedad, y estemos de corazón dispuestos a ser guiados por la voluntad de Dios. Pero aguarda en fe. Expresa tu confianza que no vacila en él; porque un aguardar infiel y desconfiado no es sino un insulto al Señor. Cree que, si él te hace permanecer esperando aun hasta la medianoche, con todo vendrá al tiempo debido; la visión vendrá y no tardará. Aguarda en paciencia quieta, no rebelándote porque estás bajo la aflicción, sino bendiciendo a tu Dios por ella. Nunca murmures contra la causa segunda, como hicieron los hijos de Israel contra Moisés; nunca desees poder volver otra vez al mundo, sino acepta el caso tal como es, y ponlo tal como está, con sencillez y con todo tu corazón, sin voluntad propia alguna, en la mano de tu Dios del pacto, diciendo: «Ahora, Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya. No sé qué hacer; he sido llevado hasta el último extremo, pero aguardaré hasta que tú hiendas las corrientes, o hagas retroceder a mis enemigos. Aguardaré, si tú me retienes muchos días, porque mi corazón está fijo en ti solo, oh Dios, y mi espíritu te espera en la plena convicción de que aún serás mi gozo y mi salvación, mi refugio y mi torre fuerte.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Jeremías 17:14; Isaías 57:18«Sáname, oh Jehová, y seré sano. Visto he sus caminos, y le sanaré»

Es prerrogativa exclusiva de Dios quitar la enfermedad espiritual. La enfermedad natural puede ser sanada por los hombres de modo instrumental, pero aun entonces el honor ha de darse a Dios, que da virtud a la medicina y otorga al cuerpo humano poder para desechar la enfermedad. En cuanto a las enfermedades espirituales, estas quedan únicamente en manos del gran Médico; él lo reclama como prerrogativa suya: «yo hago morir, y yo hago vivir: yo hiero, y yo curo»; y uno de los títulos escogidos del Señor es Jehová-Rofi: «yo soy Jehová tu Sanador». «Te sanaré de tus heridas» es una promesa que no podría salir del labio del hombre, sino solo de la boca del Dios eterno. Por esta causa el salmista clamó al Señor: «sáname, oh Jehová, porque mis huesos están conmovidos», y otra vez: «sana mi alma, porque contra ti he pecado». Por esto también los piadosos alaban el nombre del Señor, diciendo: «el que sana todas nuestras dolencias». Quien hizo al hombre puede restaurar al hombre; quien al principio fue el creador de nuestra naturaleza puede crearla de nuevo. ¡Qué consuelo trascendente es que en la persona de Jesús «habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente»! Alma mía, sea cual sea tu enfermedad, este gran Médico puede sanarte. Si él es Dios, no puede haber límite a su poder. Ven, pues, con el ojo ciego del entendimiento entenebrecido, ven con el pie cojo de la energía agotada, ven con la mano lisiada de la fe débil, con la fiebre de un temperamento airado, o con la terciana del abatimiento que tiembla; ven tal como eres, porque quien es Dios ciertamente puede restaurarte de tu plaga. Nadie refrenará la virtud sanadora que procede de Jesús nuestro Señor. Legiones de demonios han sido obligadas a reconocer el poder del Médico amado, y ni una sola vez ha quedado él frustrado. Todos sus enfermos han sido curados en el pasado y lo serán en el futuro, y tú serás uno entre ellos, amigo mío, si tan solo te reposas en él esta noche.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde