27 de agosto
Mañana
Números 14:11«¿hasta cuándo no me ha de creer con todas las señales que he hecho en medio de ellos?»Esfuérzate con toda diligencia por mantener fuera a ese monstruo, la incredulidad. Tanto deshonra a Cristo, que él retirará su presencia visible si lo insultamos al consentirla. Es verdad que es una mala hierba, cuyas semillas nunca podremos extraer del todo del suelo, pero debemos apuntar a su raíz con celo y perseverancia. Entre las cosas odiosas es la que más ha de aborrecerse. Su naturaleza dañina es tan venenosa, que el que la ejercita y aquel sobre quien se ejercita quedan ambos heridos por ella. En tu caso, ¡oh creyente!, es sumamente impía, porque las misericordias de tu Señor en el pasado aumentan tu culpa al dudar de él ahora. Cuando desconfías del Señor Jesús, bien puede clamar: «He aquí, yo os apretaré en vuestro lugar, como se aprieta el carro lleno de haces». Esto es coronarle la cabeza con espinas de la clase más aguda. Es muy cruel que una esposa muy amada desconfíe de un esposo bondadoso y fiel. El pecado es innecesario, necio e injustificado. Jesús nunca ha dado el más mínimo motivo de sospecha, y es duro ser puesto en duda por aquellos para con quienes nuestra conducta es uniformemente afectuosa y verdadera. Jesús es el Hijo del Altísimo, y tiene riquezas sin límite; es vergonzoso dudar de la Omnipotencia y desconfiar de la toda suficiencia. El ganado sobre mil collados bastará para nuestra comida más hambrienta, y no es probable que los graneros del cielo se vacíen por nuestro comer. Si Cristo fuera solo una cisterna, pronto podríamos agotar su plenitud, pero ¿quién puede agotar una fuente? Miríadas de espíritus han sacado de él su provisión, y ni uno de ellos ha murmurado por la escasez de sus recursos. Fuera, pues, con esta incredulidad, traidora y mentirosa, pues su único encargo es cortar los lazos de la comunión y hacernos llorar a un Salvador ausente. Bunyan nos dice que la incredulidad tiene «tantas vidas como un gato»; si es así, matemos ahora una vida, y continuemos la obra hasta que las nueve hayan desaparecido. ¡Abajo tú, traidora! Mi corazón te aborrece.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Salmos 31:5«En tu mano encomiendo mi espíritu: tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad»Estas palabras han sido usadas con frecuencia por hombres santos en su hora de partida. Podemos considerarlas con provecho esta tarde. El objeto de la solicitud del hombre fiel, en la vida y en la muerte, no es su cuerpo ni su hacienda, sino su espíritu; este es su tesoro escogido: si este está a salvo, todo está bien. ¿Qué es este estado mortal comparado con el alma? El creyente encomienda su alma a la mano de su Dios; de él vino, es suya, él la ha sustentado ya antes, es capaz de guardarla, y es lo más conveniente que él la reciba. Todas las cosas están seguras en las manos de Jehová; lo que encomendamos al Señor estará seguro, tanto ahora como en aquel día de días hacia el cual nos apresuramos. Reposar al cuidado del cielo es vivir en paz y morir con gloria. En todo tiempo debemos encomendar nuestro todo a la mano fiel de Jesús; entonces, aunque la vida penda de un hilo y las adversidades se multipliquen como las arenas del mar, nuestra alma habitará tranquila y se deleitará en lugares de reposo quieto.
«tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad». La redención es una base sólida para la confianza. David no había conocido el Calvario como nosotros lo hemos conocido, pero la redención temporal lo animaba; ¿y no nos consolará aún con más dulzura la redención eterna? Las liberaciones pasadas son fuertes alegatos en favor del auxilio presente. Lo que el Señor ha hecho, lo hará otra vez, porque él no cambia. Es fiel a sus promesas y lleno de gracia para con sus santos; no se apartará de su pueblo.
Aunque tú me mates, confiaré, te alabaré aun desde el polvo, lo probaré, y al probarlo lo diré: tu amor inefable. Puedes castigar y corregir, pero nunca puedes desatender; pues el precio del rescate está pagado, en tu amor mi esperanza está afirmada.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde