26 de agosto
Mañana
Salmos 111:9«para siempre ha ordenado su pacto»El pueblo del Señor se deleita en el pacto mismo. Es para ellos una fuente inagotable de consuelo cada vez que el Espíritu Santo los conduce a su casa de banquete y agita su estandarte de amor. Se deleitan en contemplar la antigüedad de ese pacto, recordando que, antes de que el lucero conociera su lugar, o los planetas recorrieran su curso, los intereses de los santos quedaron asegurados en Cristo Jesús. Les es peculiarmente grato recordar la firmeza del pacto, mientras meditan en «las misericordias fieles de David» (Hechos 13:34). Se deleitan en celebrarlo como «firmado, sellado y ratificado, en todas las cosas bien ordenado». A menudo se les dilata el corazón de gozo al pensar en su inmutabilidad, como un pacto que ni el tiempo ni la eternidad, ni la vida ni la muerte, podrán jamás violar: un pacto tan antiguo como la eternidad y tan eterno como la Roca de los siglos. También se gozan en banquetearse de la plenitud de este pacto, pues ven en él todas las cosas provistas para ellos. Dios es su porción, Cristo su compañero, el Espíritu su Consolador, la tierra su albergue y el cielo su hogar. Ven en él una herencia reservada y vinculada a toda alma que tiene parte en su antigua y eterna escritura de donación. Los ojos les brillaron cuando lo vieron como tesoro hallado en la Biblia; pero ¡oh!, cómo se alegraron sus almas cuando vieron, en la última voluntad y el testamento de su pariente divino, que les había sido legado. De manera especial es el placer del pueblo de Dios contemplar lo gratuito de este pacto. Ven que la ley quedó anulada porque era un pacto de obras y dependía del mérito, pero perciben que este permanece porque la gracia es la base, la gracia la condición, la gracia el tenor, la gracia el baluarte, la gracia el fundamento, la gracia la piedra de remate. El pacto es un tesoro de riquezas, un granero de alimento, una fuente de vida, un almacén de salvación, una carta de paz y un puerto de gozo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Marcos 9:15«Y luego toda la gente, viéndole, se espantó, y corriendo á él, le saludaron»¡Cuán grande es la diferencia entre Moisés y Jesús! Cuando el profeta de Horeb había estado cuarenta días en el monte, experimentó una especie de transfiguración, de modo que su rostro resplandeció con un brillo excesivo, y puso un velo sobre su rostro, porque el pueblo no podía soportar mirar su gloria. No así nuestro Salvador. Había sido transfigurado con una gloria mayor que la de Moisés y, sin embargo, no está escrito que el pueblo quedara cegado por el resplandor de su semblante, sino más bien que se espantaron y, corriendo a él, le saludaron. La gloria de la ley repele, pero la mayor gloria de Jesús atrae. Aunque Jesús es santo y justo, va mezclada con su pureza tanta verdad y tanta gracia, que los pecadores corren a él asombrados de su bondad, fascinados por su amor; le saludan, se hacen sus discípulos y lo toman por su Señor y Maestro. Lector, puede ser que ahora mismo estés cegado por el brillo deslumbrante de la ley de Dios. Sientes sus demandas sobre tu conciencia, pero no puedes guardarla en tu vida. No es que le halles falta a la ley; al contrario, ella reclama tu estima más profunda; y con todo, de ningún modo eres atraído por ella hacia Dios; antes bien te endureces de corazón y te vas acercando a la desesperación. ¡Ah, pobre corazón! Aparta tu ojo de Moisés, con todo su esplendor que repele, y mira a Jesús, resplandeciente con glorias más suaves. ¡Mira sus heridas que manan y su cabeza coronada de espinas! Él es el Hijo de Dios, y en eso es mayor que Moisés, pero es el Señor del amor, y en eso más tierno que el legislador. Cargó con la ira de Dios, y en su muerte reveló más de la justicia de Dios que el Sinaí en llamas; pero esa justicia ya está vindicada, y de aquí en adelante es la guardiana de los creyentes en Jesús. Mira, pecador, al Salvador que sangra, y, al sentir la atracción de su amor, vuela a sus brazos, y serás salvo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde