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25 de agosto

Mañana

Cantares 2:3«su fruto fué dulce á mi paladar»

La fe, en la Escritura, se presenta bajo el emblema de todos los sentidos. Es vista: «Mirad á mí, y sed salvos». Es oído: «oid, y vivirá vuestra alma». La fe es olfato: «Mirra, áloe, y casia [exhalan] todos tus vestidos»; «ungüento derramado es tu nombre». La fe es tacto espiritual. Por esta fe la mujer vino por detrás y tocó el borde del manto de Cristo, y por ella palpamos las cosas de la buena palabra de vida. La fe es igualmente el gusto del espíritu. «¡Cuán dulces son á mi paladar tus palabras! más que la miel á mis labios». «Si alguno no come mi carne», dice Cristo, «y bebe mi sangre, no tiene vida en sí».

Este «gusto» es la fe en una de sus operaciones más elevadas. Uno de los primeros actos de la fe es el oír. Oímos la voz de Dios, no solo con el oído exterior, sino con el oído interior; la oímos como Palabra de Dios, y creemos que lo es; ese es el «oído» de la fe. Luego nuestra mente mira la verdad tal como se nos presenta; es decir, la entendemos, percibimos su sentido; esa es la «vista» de la fe. Después descubrimos su preciosidad; empezamos a admirarla y hallamos cuán fragante es; esa es la fe en su «olfato». Luego nos apropiamos de las misericordias que están preparadas para nosotros en Cristo; esa es la fe en su «tacto». De ahí siguen los goces, la paz, el deleite, la comunión, que son la fe en su «gusto». Cualquiera de estos actos de la fe es salvador. Oír la voz de Cristo como la voz segura de Dios en el alma nos salvará; pero lo que da el verdadero gozo es aquel aspecto de la fe en el cual Cristo, por un gusto santo, es recibido en nosotros y, por la aprehensión interior y espiritual de su dulzura y preciosidad, llega a ser el alimento de nuestras almas. Es entonces cuando nos sentamos «bajo la sombra del deseado» y hallamos su fruto dulce a nuestro paladar.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Hechos 8:37«Si crees de todo corazón, bien puedes»

Estas palabras pueden responder a tus escrúpulos, lector devoto, tocante a las ordenanzas. Quizá digas: «Tendría miedo de ser bautizado; es cosa tan solemne declararme muerto con Cristo y sepultado con él. No me sentiría en libertad de venir a la mesa del Señor; tendría miedo de comer y beber juicio para mí mismo, no discerniendo el cuerpo del Señor». ¡Ah, pobre tembloroso! Jesús te ha dado libertad; no temas. Si un extraño llegara a tu casa, se quedaría a la puerta, o esperaría en el vestíbulo; no soñaría con entrar, sin ser invitado, en tu sala: no está en su casa. Pero tu hijo anda con toda libertad por la casa; y así es con el hijo de Dios. Un extraño no debe entrometerse donde un hijo puede aventurarse. Cuando el Espíritu Santo te ha dado sentir el espíritu de adopción, puedes acercarte a las ordenanzas cristianas sin temor. La misma regla vale para los privilegios interiores del cristiano. Piensas, pobre buscador, que no se te permite gozarte con gozo inefable y glorificado; si se te permite entrar por la puerta de Cristo, o sentarte al último lugar de su mesa, te darás por bien contento. ¡Ah!, pero no tendrás menos privilegios que los más grandes. Dios no hace diferencia en su amor para con sus hijos. Un hijo es un hijo para él; no lo hará jornalero, sino que se banqueteará con el becerro engordado, y tendrá la música y el baile tanto como si nunca se hubiera extraviado. Cuando Jesús entra en el corazón, expide una licencia general para alegrarse en el Señor. No se llevan cadenas en la corte del Rey Jesús. Nuestra admisión a los plenos privilegios puede ser gradual, pero es segura. Quizá nuestro lector esté diciendo: «Quisiera poder gozar de las promesas y andar en libertad en los mandamientos de mi Señor». «Si crees de todo corazón, bien puedes». Suelta las cadenas de tu cuello, oh hija cautiva, porque Jesús te hace libre.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde