24 de agosto
Mañana
Miqueas 2:13«Subirá rompedor delante de ellos»Por cuanto Jesús ha ido delante de nosotros, las cosas no permanecen como habrían permanecido si él nunca hubiera pasado por aquel camino. Ha vencido a todo enemigo que obstruía el camino. Anímate ahora, tú, guerrero de corazón desmayado. No solamente ha viajado Cristo por el camino, sino que ha dado muerte a tus enemigos. ¿Temes el pecado? Lo ha clavado en su propia cruz. ¿Temes la muerte? Él ha sido la muerte de la Muerte. ¿Tienes miedo del infierno? Lo ha cerrado contra la entrada de cualquiera de sus hijos; ellos nunca verán el abismo de la perdición. Cualesquiera enemigos que se presenten delante del cristiano, todos están vencidos. Hay leones, pero sus dientes están quebrados; hay serpientes, pero sus colmillos han sido arrancados; hay ríos, pero tienen puente o se pueden vadear; hay llamas, pero vestimos aquella vestidura incomparable que nos hace invulnerables al fuego. La espada que ha sido forjada contra nosotros ya está embotada; los instrumentos de guerra que el enemigo está preparando ya han perdido la punta. Dios ha quitado, en la persona de Cristo, todo poder que cosa alguna pueda tener para dañarnos. Pues bien, el ejército puede marchar seguro, y tú puedes ir gozoso por tu camino, porque todos tus enemigos están vencidos de antemano. ¿Qué harás sino marchar para tomar la presa? Están batidos, están vencidos; todo cuanto tienes que hacer es repartir el despojo. Entrarás, es cierto, muchas veces en combate; pero tu pelea será contra un enemigo ya vencido. Tiene quebrada la cabeza; puede intentar hacerte daño, pero su fuerza no alcanzará para su designio malicioso. Tu victoria será fácil, y tu tesoro quedará más allá de toda cuenta.
Proclamen en alta voz la fama del Salvador, el que lleva el nombre portentoso de «Rompedor»; dulce nombre, y bien le sienta a él, a aquel que derriba la tierra, el pecado, la muerte y el infierno.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Éxodo 22:6«Cuando rompiere un fuego, y hallare espinas, y fuere quemado montón, ó haza, ó campo, el que encendió el fuego pagará lo quemado»Pero ¿qué restitución puede hacer aquel que arroja por todas partes las teas del error, o las brasas de la lascivia, y pone en llamas las almas de los hombres con el fuego del infierno? La culpa excede toda estimación, y el resultado es irreparable. Si tal ofensor llega a ser perdonado, ¡qué dolor le causará al mirar hacia atrás, puesto que no puede deshacer el mal que ha hecho! Un mal ejemplo puede encender una llama que años de carácter enmendado no logran apagar. Quemar el alimento del hombre ya es bastante malo, pero ¡cuánto peor es destruir el alma! Puede sernos útil reflexionar hasta qué punto hayamos sido culpables en el pasado, y preguntar si, aun en el presente, no habrá en nosotros algún mal que tienda a traer daño a las almas de nuestros parientes, amigos o vecinos.
El fuego de la contienda es un mal terrible cuando estalla en una iglesia cristiana. Donde los convertidos se multiplicaban y Dios era glorificado, los celos y la envidia hacen con la mayor eficacia la obra del diablo. Donde el grano de oro se estaba recogiendo, para recompensar la labor del gran Booz, entra el fuego de la enemistad y deja poco más que humo y un montón de negrura. ¡Ay de aquellos por quienes vienen los tropiezos! Que nunca vengan por medio de nosotros, porque, aunque no podemos hacer restitución, ciertamente seremos los principales que sufran si somos los principales ofensores. Los que alimentan el fuego merecen justa censura, pero el que primero lo enciende es el más culpable. La discordia suele prender primero en las espinas; se nutre entre los hipócritas y los que profesan la fe con bajeza en la iglesia, y de allí se va entre los justos, soplada por los vientos del infierno, y nadie sabe dónde puede acabar. Oh tú, Señor y dador de paz, haznos pacificadores, y nunca permitas que ayudemos ni secundemos a los hombres de la contienda, ni que aun sin intención causemos la menor división entre tu pueblo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde