23 de agosto
Mañana
Isaías 65:19«nunca más se oirán en ella voz de lloro»Los glorificados no lloran más, porque han desaparecido todas las causas exteriores de dolor. No hay amistades rotas, ni perspectivas marchitas en el cielo. La pobreza, el hambre, el peligro, la persecución y la calumnia son allí desconocidos. Ningún dolor aflige, ningún pensamiento de muerte o de duelo entristece. No lloran más, porque están perfectamente santificados. Ningún «corazón malo de incredulidad» los mueve a apartarse del Dios vivo; están sin falta delante de su trono, y están plenamente conformados a su imagen. Bien pueden dejar de hacer duelo los que han dejado de pecar. No lloran más, porque todo temor de cambio ya pasó. Saben que están eternamente seguros. El pecado está cerrado afuera, y ellos están cerrados adentro. Habitan dentro de una ciudad que nunca será tomada por asalto; se gozan en un sol que nunca se pondrá; beben de un río que nunca se secará; toman fruto de un árbol que nunca se marchitará. Incontables ciclos pueden girar, pero la eternidad no se agotará, y mientras la eternidad dure, su inmortalidad y su bienaventuranza coexistirán con ella. Están para siempre con el Señor. No lloran más, porque todo deseo está cumplido. No pueden desear cosa alguna que no tengan ya en posesión. El ojo y el oído, el corazón y la mano, el juicio, la imaginación, la esperanza, el deseo, la voluntad, todas las facultades, están completamente satisfechos; y, por imperfectas que sean nuestras ideas presentes acerca de las cosas que Dios ha preparado para los que le aman, con todo sabemos lo bastante, por la revelación del Espíritu, para afirmar que los santos de arriba son supremamente bienaventurados. El gozo de Cristo, que es una plenitud infinita de deleite, está en ellos. Se bañan en el mar sin fondo y sin orillas de la beatitud infinita. Ese mismo reposo gozoso permanece para nosotros. Puede que no esté lejano. Dentro de poco el sauce llorón será cambiado por la rama de palma de la victoria, y las gotas de rocío del dolor serán transformadas en las perlas de la dicha eterna. «Por tanto, consolaos los unos á los otros en estas palabras».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Efesios 3:17«Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones»Más allá de toda medida es deseable que nosotros, como creyentes, tengamos la persona de Jesús constantemente delante de nosotros, para inflamar nuestro amor hacia él y para acrecentar nuestro conocimiento de él. Quisiera Dios que todos mis lectores estuviesen inscritos como alumnos diligentes en el colegio de Jesús, estudiantes del Corpus Christi, o del cuerpo de Cristo, resueltos a alcanzar un buen grado en el saber de la cruz. Pero, para tener a Jesús siempre cerca, el corazón ha de estar lleno de él, manando de su amor hasta desbordarse; de ahí que el apóstol ore: «Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones». ¡Mira cuán cerca querría que estuviese Jesús! No puedes tener un asunto más cerca de ti que tenerlo en el corazón mismo. «Que él habite»; no que te visite algunas veces, como un visitante casual entra en una casa y se detiene por una noche, sino que habite; que Jesús llegue a ser el Señor y el Morador de tu ser más íntimo, para no salir jamás.
Observa las palabras: que habite en tu corazón, ese mejor aposento de la casa del hombre; no solo en tus pensamientos, sino en tus afectos; no meramente en las meditaciones de la mente, sino en las emociones del corazón. Debemos jadear tras un amor a Cristo del carácter más permanente, no un amor que se enciende en llama y luego se apaga hasta la oscuridad de unas pocas brasas, sino una llama constante, alimentada con combustible sagrado, como el fuego sobre el altar que nunca se extinguía. Esto no puede cumplirse sino por la fe. La fe ha de ser fuerte, o el amor no será ferviente; la raíz de la flor ha de estar sana, o no podemos esperar que la flor sea dulce. La fe es la raíz del lirio, y el amor es la flor del lirio. Ahora, lector, Jesús no puede estar en el amor de tu corazón a menos que lo tengas firmemente asido con la fe de tu corazón; y, por tanto, ora para confiar siempre en Cristo, a fin de amarlo siempre. Si el amor está frío, ten por seguro que la fe languidece.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde