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22 de agosto

Mañana

Cantares 5:8«Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalem, si hallareis á mi amado, que le hagáis saber como de amor estoy enferma»

Tal es el lenguaje del creyente que jadea por la comunión presente con Jesús: está enfermo por causa de su Señor. Las almas llenas de gracia nunca están perfectamente tranquilas, salvo que se hallen en un estado de cercanía a Cristo; porque, cuando están lejos de él, pierden su paz. Cuanto más cerca de él, más cerca de la calma perfecta del cielo; cuanto más cerca de él, más lleno está el corazón, no solo de paz, sino de vida, de vigor y de gozo, pues todo ello depende del trato constante con Jesús. Lo que el sol es para el día, lo que la luna es para la noche, lo que el rocío es para la flor, tal es Jesucristo para nosotros. Lo que el pan es para el que tiene hambre, el vestido para el desnudo, la sombra de una gran roca para el viajero en tierra fatigosa, tal es Jesucristo para nosotros; y, por tanto, si no somos conscientemente uno con él, poca maravilla hay si nuestro espíritu clama con las palabras del Cantar: «Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalem, si hallareis á mi amado, que le hagáis saber como de amor estoy enferma». Este ardiente anhelo tras Jesús lleva consigo una bendición: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia»; y, por tanto, supremamente bienaventurados son los que tienen sed del Justo. Bienaventurada es esa hambre, puesto que viene de Dios: si no puedo tener la bienaventuranza en plena flor de estar saciado, buscaría la misma bienaventuranza en su dulce capullo, languideciendo en el vacío y en el ansia hasta que sea lleno de Cristo. Si no puedo alimentarme de Jesús, será estar a la puerta del cielo tener hambre y sed de él. Hay un carácter sagrado en esa hambre, pues brilla entre las bienaventuranzas de nuestro Señor. Pero la bendición implica una promesa: «serán hartos» de aquello que están deseando. Si Cristo nos hace así anhelarlo a él mismo, ciertamente satisfará esos anhelos; y cuando venga a nosotros, como vendrá, ¡oh, cuán dulce será!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Efesios 3:8«las inescrutables riquezas de Cristo»

Mi Maestro tiene riquezas más allá de la cuenta de la aritmética, de la medida de la razón, del sueño de la imaginación o de la elocuencia de las palabras. ¡Son inescrutables! Puedes mirar, y estudiar, y pesar, pero Jesús es un Salvador más grande de lo que piensas, aun cuando tus pensamientos están en lo más grande. Mi Señor está más pronto a perdonar que tú a pecar, más capaz de perdonar que tú de transgredir. Mi Maestro está más dispuesto a suplir tus necesidades que tú a confesarlas. Nunca toleres pensamientos bajos de mi Señor Jesús. Cuando le pongas la corona sobre la cabeza, no harás sino coronarlo con plata, siendo que él merece oro. Mi Maestro tiene riquezas de felicidad para otorgarte ahora. Él puede hacer que te recuestes en pastos verdes, y conducirte junto a aguas quietas. No hay música como la música de su caramillo, cuando él es el Pastor y tú eres la oveja, y tú te recuestas a sus pies. No hay amor como el suyo; ni la tierra ni el cielo pueden igualarlo. Conocer a Cristo y ser hallado en él: ¡oh!, esto es vida, esto es gozo, esto es médula y grosura, vino asentado sobre las heces, bien refinado. Mi Maestro no trata a sus siervos con ruindad; les da como un rey da a un rey; les da dos cielos: un cielo aquí abajo, en el servirle aquí, y un cielo allá arriba, en el deleitarse en él para siempre. Sus riquezas inescrutables serán mejor conocidas en la eternidad. Te dará, en el camino al cielo, todo lo que necesites; el lugar de tu defensa serán las municiones de las rocas; tu pan te será dado, y tus aguas serán ciertas; pero es allí, allí, donde oirás el cántico de los que triunfan, el clamor de los que celebran el banquete, y tendrás una visión cara a cara del Glorioso y Amado. ¡Las inescrutables riquezas de Cristo! Esta es la tonada para los ministriles de la tierra, y el cántico para los arpistas del cielo. Señor, enséñanos más y más de Jesús, y contaremos las buenas nuevas a otros.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde