21 de agosto
Mañana
Proverbios 11:25«el que saciare, él también será saciado»Aquí se nos enseña la gran lección: que para obtener, debemos dar; que para acumular, debemos esparcir; que para hacernos felices, debemos hacer felices a otros; y que, a fin de llegar a ser espiritualmente vigorosos, debemos buscar el bien espiritual de los demás. Al regar a otros, nosotros mismos somos regados. ¿Cómo? Nuestros esfuerzos por ser útiles sacan a luz nuestras potencias para la utilidad. Tenemos talentos latentes y facultades dormidas, que el ejercicio trae a la luz. Nuestra fuerza para el trabajo está escondida aun de nosotros mismos, hasta que nos aventuramos a salir a pelear las batallas del Señor, o a escalar las montañas de la dificultad. No sabemos qué tiernas simpatías poseemos hasta que procuramos enjugar las lágrimas de la viuda y calmar el dolor del huérfano. A menudo hallamos, al intentar enseñar a otros, que ganamos instrucción para nosotros mismos. ¡Oh, qué lecciones de gracia hemos aprendido algunos de nosotros junto a lechos de enfermos! Fuimos a enseñar las Escrituras, y nos retiramos de allí sonrojados de saber tan poco acerca de ellas. En nuestra conversación con los santos pobres se nos enseña el camino de Dios más perfectamente para nosotros mismos, y alcanzamos una visión más profunda de la verdad divina. De modo que regar a otros nos hace humildes. Descubrimos cuánta gracia hay donde no la habíamos buscado, y cuánto puede el santo pobre aventajarnos en conocimiento. Nuestro propio consuelo también aumenta al trabajar por otros. Procuramos animarlos, y la consolación alegra nuestro propio corazón. Como los dos hombres en la nieve: uno frotaba los miembros del otro para impedir que muriera, y al hacerlo así mantenía la sangre de su propio cuerpo en circulación, y salvaba su propia vida. La pobre viuda de Sarepta dio, de su escasa reserva, una provisión para las necesidades del profeta, y desde aquel día nunca más supo lo que era la necesidad. Den, pues, y se les dará: medida buena, apretada, y rebosando por encima.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Isaías 45:19«no dije á la generación de Jacob: En vano me buscáis»Podemos alcanzar mucho consuelo al considerar lo que Dios no ha dicho. Lo que él ha dicho está inexpresablemente lleno de consuelo y de deleite; lo que él no ha dicho es apenas menos rico en consolación. Fue uno de estos «no dijo» lo que preservó el reino de Israel en los días de Jeroboam, hijo de Joás, porque «Jehová no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo». 2 Reyes 14:27. En nuestro texto tenemos la seguridad de que Dios responderá la oración, porque «no dije á la generación de Jacob: En vano me buscáis». Ustedes, que escriben cosas amargas contra sí mismos, deben recordar que, digan lo que digan sus dudas y sus temores, si Dios no los ha cortado de la misericordia, no queda lugar alguno para la desesperación: aun la voz de la conciencia tiene poco peso si no va secundada por la voz de Dios. ¡Lo que Dios ha dicho, tiemblen ante ello! Pero no permitan que sus vanas imaginaciones los abrumen con desaliento y desesperación pecaminosa. A muchas personas tímidas las ha atormentado la sospecha de que pueda haber algo en el decreto de Dios que las excluya de la esperanza; pero aquí hay una refutación completa de ese temor molesto, porque ningún verdadero buscador puede ser decretado para la ira. «No hablé en escondido, en lugar de tierra de tinieblas; no dije», ni siquiera en el secreto de mi decreto inescrutable, «En vano me buscáis». Dios ha revelado con toda claridad que oirá la oración de quienes lo invocan, y esa declaración no puede ser contravenida. Ha hablado tan firmemente, tan verazmente, tan justamente, que no puede quedar lugar alguno para la duda. No revela su pensamiento en palabras ininteligibles, sino que habla con claridad y de modo positivo: «pedid, y recibiréis». Cree, oh tembloroso, esta verdad segura: que la oración tiene que ser oída, y que será oída, y que nunca, ni siquiera en los secretos de la eternidad, ha dicho el Señor a alma viviente alguna: «En vano me buscáis».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde