‹ Devocional

17 de agosto

Mañana

Salmos 52:8«la misericordia de Dios»

Medita un poco en esta misericordia del Señor. Es misericordia tierna. Con toque suave y amoroso, él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas. Es tan lleno de gracia en la manera de su misericordia como en la materia de ella. Es misericordia grande. No hay nada pequeño en Dios; su misericordia es como él mismo: es infinita. No puedes medirla. Su misericordia es tan grande que perdona grandes pecados a grandes pecadores, después de grandes lapsos de tiempo, y luego da grandes favores y grandes privilegios, y nos levanta a grandes goces en el gran cielo del gran Dios. Es misericordia inmerecida, como en verdad debe serlo toda misericordia verdadera, porque la misericordia merecida no es más que un nombre falso de la justicia. No había derecho alguno, de parte del pecador, a la bondadosa consideración del Altísimo; si el rebelde hubiera sido condenado al instante al fuego eterno, habría merecido con creces la condenación, y si es librado de la ira, solo el amor soberano ha hallado una causa, porque no había ninguna en el pecador mismo. Es misericordia rica. Algunas cosas son grandes, pero tienen poca eficacia en ellas; mas esta misericordia es un cordial para tus ánimos abatidos; un ungüento de oro para tus heridas sangrantes; una venda celestial para tus huesos quebrados; un carro real para tus pies cansados; un seno de amor para tu corazón tembloroso. Es misericordia multiforme. Como dice Bunyan: «Todas las flores del jardín de Dios son dobles». No hay misericordia sola. Puedes pensar que no tienes sino una misericordia, pero hallarás que es un racimo entero de misericordias. Es misericordia sobreabundante. Millones la han recibido, y con todo está lejos de haberse agotado; es tan fresca, tan plena y tan libre como siempre. Es misericordia que no falla. Nunca te dejará. Si la misericordia es tu amiga, la misericordia estará contigo en la tentación para guardarte de ceder; contigo en la angustia para impedir que te hundas; contigo en la vida para ser la luz y la vida de tu rostro; y contigo al morir para ser el gozo de tu alma cuando el consuelo terrenal mengua a toda prisa.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Juan 11:4«Esta enfermedad no es para muerte»

De las palabras de nuestro Señor aprendemos que hay un límite para la enfermedad. Aquí hay un «para» dentro del cual queda contenido su fin último, y más allá del cual no puede ir. Lázaro podía pasar por la muerte, pero la muerte no había de ser el ultimátum de su enfermedad. En toda enfermedad, el Señor dice a las olas del dolor: «Hasta aquí vendrás, y no pasarás adelante» (Job 38:11). Su propósito fijo no es la destrucción, sino la instrucción de su pueblo. La Sabiduría cuelga el termómetro a la boca del horno, y regula el calor.

  1. El límite es alentadoramente abarcador. El Dios de la providencia ha limitado el tiempo, la manera, la intensidad, la repetición y los efectos de todas nuestras enfermedades; cada latido está decretado, cada hora de insomnio predestinada, cada recaída ordenada, cada abatimiento del espíritu conocido de antemano, y cada resultado santificador eternamente propuesto. Nada, grande o pequeño, escapa a la mano ordenadora de aquel que cuenta los cabellos de nuestra cabeza.

  2. Este límite está sabiamente ajustado a nuestra fuerza, al fin propuesto y a la gracia repartida. La aflicción no viene al azar: el peso de cada golpe de la vara está medido con exactitud. Aquel que no cometió error alguno al equilibrar las nubes y al medir los cielos, no comete errores al dosificar los ingredientes que componen la medicina de las almas. No podemos sufrir demasiado, ni ser aliviados demasiado tarde.

  3. El límite está señalado con ternura. El cuchillo del Cirujano celestial nunca corta más hondo de lo absolutamente necesario. «Porque no aflige ni congoja de su corazón á los hijos de los hombres» (Lamentaciones 3:33). El corazón de una madre clama: «Perdona a mi hijo»; pero ninguna madre es más compasiva que nuestro Dios benigno. Cuando consideramos lo duros de boca que somos, es maravilla que no se nos lleve con un bocado más agudo. El pensamiento está lleno de consuelo: aquel que ha fijado los límites de nuestra habitación, ha fijado también los límites de nuestra tribulación.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde