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15 de agosto

Mañana

Génesis 24:63«había salido Isaac á orar al campo, á la hora de la tarde»

Muy admirable era su ocupación. Si los que pasan tantas horas en compañía ociosa, lectura ligera y pasatiempos inútiles pudieran aprender sabiduría, hallarían compañía más provechosa y ocupaciones más interesantes en la meditación [N. del T.: la RV1909 dice «orar»; Spurgeon, con la KJV, lee «meditate».] que en las vanidades que ahora tienen tales encantos para ellos. Todos sabríamos más, viviríamos más cerca de Dios y creceríamos en la gracia, si estuviéramos más a solas. La meditación rumia y extrae el verdadero nutrimento del alimento mental recogido en otra parte. Cuando Jesús es el tema, la meditación es en verdad dulce. Isaac halló a Rebeca mientras estaba entregado a meditaciones privadas; muchos otros han hallado allí a su bienamado.

Muy admirable era la elección del lugar. En el campo tenemos un estudio colgado en derredor de textos para el pensamiento. Desde el cedro hasta el hisopo, desde el águila que se remonta hasta el saltamontes que chirría, desde la extensión azul del cielo hasta una gota de rocío, todas las cosas están llenas de enseñanza, y cuando el ojo es divinamente abierto, esa enseñanza relampaguea en la mente con mucha más viveza que desde los libros escritos. Nuestros cuartos pequeños no son ni tan sanos, ni tan sugerentes, ni tan agradables, ni tan inspiradores como los campos. No tengamos nada por común ni inmundo, sino sintamos que todas las cosas creadas señalan a su Hacedor, y el campo quedará al instante santificado.

Muy admirable era la hora. La hora del ocaso, al tender un velo sobre el día, conviene a aquel reposo del alma en que los cuidados nacidos de la tierra ceden ante los gozos de la comunión celestial. La gloria del sol que se pone excita nuestro asombro, y la solemnidad de la noche que se acerca despierta nuestro temor reverente. Si los quehaceres de este día lo permiten, estará bien, querido lector, si puedes apartar una hora para caminar por el campo al caer la tarde; pero si no, el Señor está también en la ciudad, y se encontrará contigo en tu aposento o en la calle atestada. Deja que tu corazón salga a su encuentro.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Ezequiel 36:26«os daré corazón de carne»

Un corazón de carne se conoce por su ternura respecto al pecado. Haber consentido una imaginación inmunda, o haber permitido que un deseo desenfrenado se detuviera siquiera un momento, basta y sobra para hacer que un corazón de carne se aflija delante del Señor. El corazón de piedra a una gran iniquidad la llama nada, pero no así el corazón de carne.

Si a diestra o a siniestra me desvío, en ese instante, Señor, repréndeme; y déjame llorar la vida hasta acabarla, por haber contristado tu amor.

El corazón de carne es tierno para con la voluntad de Dios. Mi señor Quiero-lo-que-quiero es un gran bravucón, y es difícil sujetarlo a la voluntad de Dios; pero cuando es dado el corazón de carne, la voluntad tiembla como hoja de álamo a cada soplo del cielo, y se inclina como un mimbre a cada brisa del Espíritu de Dios. La voluntad natural es hierro frío y duro, que no ha de martillarse hasta darle forma, pero la voluntad renovada, semejante al metal fundido, pronto es moldeada por la mano de la gracia. En el corazón de carne hay una ternura de los afectos. El corazón duro no ama al Redentor, pero el corazón renovado arde de afecto hacia él. El corazón duro es egoísta y exige con frialdad: «¿Por qué he de llorar por el pecado? ¿Por qué he de amar al Señor?». Pero el corazón de carne dice: «Señor, tú sabes que te amo; ayúdame a amarte más». Muchos son los privilegios de este corazón renovado; «Aquí mora el Espíritu, aquí descansa Jesús». Está apto para recibir toda bendición espiritual, y toda bendición viene a él. Está preparado para dar todo fruto celestial para honra y alabanza de Dios, y por eso el Señor se deleita en él. Un corazón tierno es la mejor defensa contra el pecado, y la mejor preparación para el cielo. Un corazón renovado está en su atalaya, esperando la venida del Señor Jesús. ¿Tienes tú este corazón de carne?

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde