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13 de agosto

Mañana

Salmos 104:16«los cedros del Líbano que él plantó»

Los cedros del Líbano son emblema del cristiano, por cuanto deben su plantación enteramente al Señor. Esto es del todo cierto de todo hijo de Dios. No ha sido plantado por el hombre, ni plantado por sí mismo, sino plantado por Dios. La mano misteriosa del Espíritu divino dejó caer la semilla viva en un corazón que él mismo había preparado para recibirla. Todo verdadero heredero del cielo reconoce al gran Labrador como su plantador. Además, los cedros del Líbano no dependen del hombre para su riego; se alzan sobre la roca elevada, sin ser humedecidos por el riego del hombre; y sin embargo nuestro Padre celestial los provee. Así es con el cristiano que ha aprendido a vivir por fe. Es independiente del hombre, aun en las cosas temporales; para su mantenimiento continuo mira al Señor su Dios, y a él solo. El rocío del cielo es su porción, y el Dios del cielo es su fuente. Asimismo, los cedros del Líbano no están protegidos por ningún poder mortal. Nada deben al hombre por su preservación frente al viento tempestuoso y la tempestad. Son árboles de Dios, guardados y preservados por él, y por él solo. Con el cristiano es precisamente lo mismo. No es una planta de invernadero, resguardada de la tentación; está en la posición más expuesta; no tiene abrigo, no tiene protección, excepto esto: que las anchas alas del Dios eterno cubren siempre los cedros que él mismo ha plantado. Como los cedros, los creyentes están llenos de savia, con vitalidad suficiente para estar siempre verdes, aun en medio de las nieves del invierno. Por último, la condición floreciente y majestuosa del cedro es para alabanza de Dios solamente. El Señor, sí, el Señor solo, lo ha sido todo para los cedros, y por eso David lo expresa con mucha dulzura en uno de los salmos: «Alabad á Jehová … el árbol de fruto, y todos los cedros» (Salmos 148:7 y 148:9). En el creyente no hay nada que pueda engrandecer al hombre; es plantado, nutrido y protegido por la propia mano del Señor, y a él sea atribuida toda la gloria.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Génesis 9:15«Y acordarme he del pacto mío»

Observa la forma de la promesa. Dios no dice: «Y cuando ustedes miren el arco, y se acuerden de mi pacto, entonces no destruiré la tierra», sino que está puesta de manera gloriosa, no sobre nuestra memoria, que es inconstante y frágil, sino sobre la memoria de Dios, que es infinita e inmutable. «Y estará el arco en las nubes, y verlo he para acordarme del pacto perpetuo» (Génesis 9:16). ¡Oh! No es mi acordarme de Dios, es el acordarse Dios de mí lo que es el fundamento de mi seguridad; no es mi aferrarme a su pacto, sino el aferrarse su pacto a mí. ¡Gloria sea a Dios! Todos los baluartes de la salvación están asegurados por el poder divino, y aun las torres menores, que podríamos imaginar que acaso se hubieran dejado al hombre, están guardadas por fuerza todopoderosa. Ni siquiera el recuerdo del pacto se deja a nuestras memorias, porque podríamos olvidar, pero nuestro Señor no puede olvidar a los santos a quienes ha grabado en las palmas de sus manos. Con nosotros es como con Israel en Egipto; la sangre estaba sobre el dintel y los dos postes, pero el Señor no dijo: «Cuando ustedes vean la sangre, pasaré de ustedes», sino «Cuando yo vea la sangre, pasaré de ustedes» (Éxodo 12:13). Mi mirar a Jesús me trae gozo y paz, pero es el mirar de Dios a Jesús lo que asegura mi salvación y la de todos sus elegidos, puesto que es imposible que nuestro Dios mire a Cristo, nuestro Fiador sangrante, y luego se aire contra nosotros por pecados ya castigados en él. No: ni siquiera se nos deja el ser salvos por acordarnos del pacto. Aquí no hay mezcla de lino y lana: ni un solo hilo de la criatura afea la tela. No es del hombre, ni por el hombre, sino del Señor solamente. Debemos acordarnos del pacto, y lo haremos, por la gracia divina; pero el gozne de nuestra seguridad no cuelga de ahí: es el acordarse Dios de nosotros, no nuestro acordarnos de él; y de ahí que el pacto sea un pacto eterno.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde