10 de agosto
Mañana
Colosenses 3:4«Cristo, vuestra vida»La expresión maravillosamente rica de Pablo indica que Cristo es la fuente de nuestra vida. «A vosotros os dió vida, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados». Aquella misma voz que sacó a Lázaro del sepulcro nos levantó a novedad de vida. Él es ahora la sustancia de nuestra vida espiritual. Por su vida vivimos nosotros; él está en nosotros, la esperanza de gloria, el manantial de nuestras acciones, el pensamiento central que mueve todo otro pensamiento. Cristo es el sustento de nuestra vida. ¿De qué puede alimentarse el cristiano sino de la carne y la sangre de Jesús? «Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él comiere, no muera» (Juan 6:50). ¡Oh peregrinos fatigados del camino, en este desierto de pecado, ustedes nunca consiguen un bocado que satisfaga el hambre de sus espíritus, a menos que lo hallen en él! Cristo es el solaz de nuestra vida. Todos nuestros gozos verdaderos vienen de él; y en tiempos de aflicción, su presencia es nuestra consolación. No hay nada por lo que valga la pena vivir sino él; ¡y su benignidad amorosa es mejor que la vida! Cristo es el objeto de nuestra vida. Como corre la nave hacia el puerto, así se apresura el creyente hacia el refugio del seno de su Salvador. Como vuela la flecha a su blanco, así vuela el cristiano hacia el perfeccionamiento de su comunión con Cristo Jesús. Como el soldado pelea por su capitán, y es coronado en la victoria de su capitán, así el creyente contiende por Cristo, y saca su triunfo de los triunfos de su Maestro. «Para él el vivir es Cristo». Cristo es el ejemplar de nuestra vida. Donde hay la misma vida adentro, habrá, tiene que haber, en gran medida, los mismos desarrollos afuera; y si vivimos en comunión estrecha con el Señor Jesús, creceremos semejantes a él. Lo pondremos delante de nosotros como nuestra copia divina, y procuraremos hollar sus pisadas, hasta que él venga a ser la corona de nuestra vida en la gloria. ¡Oh! ¡cuán seguro, cuán honrado, cuán feliz es el cristiano, puesto que Cristo es nuestra vida!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Mateo 9:6«el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados»He aquí una de las artes más poderosas del gran Médico: ¡tiene potestad para perdonar el pecado! Mientras vivió aquí abajo, antes de que el rescate hubiera sido pagado, antes de que la sangre hubiera sido rociada literalmente sobre el propiciatorio, tenía potestad para perdonar el pecado. ¿No tiene potestad para hacerlo ahora que ha muerto? ¡Qué poder ha de morar en aquel que, hasta el último cuadrante, ha saldado fielmente las deudas de su pueblo! Tiene poder sin límites ahora que ha acabado la transgresión y ha puesto fin al pecado. Si ustedes lo dudan, ¡véanlo resucitar de entre los muertos! ¡contémplenlo en esplendor ascendente, levantado a la diestra de Dios! ¡Óiganlo interceder ante el Padre eterno, señalando sus heridas, alegando el mérito de su pasión sagrada! ¡Qué poder para perdonar hay aquí! «Ha subido a lo alto, y ha recibido dones para los hombres». «Él ha sido ensalzado a lo alto para dar arrepentimiento y remisión de pecados». Los pecados más carmesí son quitados por el carmesí de su sangre. En este momento, querido lector, cualquiera que sea tu pecaminosidad, Cristo tiene potestad para perdonar, potestad para perdonarte a ti, y a millones tales como tú. Una palabra lo pronunciará. No tiene nada más que hacer para ganar tu perdón; toda la obra expiatoria está hecha. Puede, en respuesta a tus lágrimas, perdonar hoy tus pecados, y hacerte saberlo. Puede soplar en tu alma en este mismo instante una paz con Dios que sobrepasa todo entendimiento, la cual brotará de la remisión perfecta de tus iniquidades multiplicadas. ¿Crees eso? Confío en que lo crees. ¡Ojalá experimentes ahora el poder de Jesús para perdonar el pecado! No pierdas tiempo en acudir al Médico de las almas, sino apresúrate a él con palabras como estas:
¡Jesús! ¡Maestro! oye mi clamor; sálvame, sáname con una palabra; desfallecido a tus pies yazgo, tú mi queja susurrada has oído.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde