9 de agosto
Mañana
Apocalipsis 21:23«la ciudad no tenía necesidad de sol, ni de luna, para que resplandezcan en ella»Allá, en el mundo mejor, los habitantes son independientes de todo consuelo de la criatura. No tienen necesidad de vestido; sus ropas blancas nunca se gastan, ni jamás serán contaminadas. No necesitan medicina para sanar enfermedades, pues «No dirá el morador: Estoy enfermo» (Isaías 33:24). No necesitan sueño para reponer sus cuerpos: no reposan ni de día ni de noche, sino que sin cansarse lo alaban en su templo. No necesitan relación social que les ministre consuelo, y cualquier felicidad que puedan derivar de la compañía de sus semejantes no es esencial para su bienaventuranza, porque la compañía de su Señor basta para sus deseos más grandes. Allí no necesitan maestros; sin duda conversan unos con otros acerca de las cosas de Dios, pero no requieren esto a modo de instrucción; todos serán enseñados por el Señor. Lo nuestro son las limosnas a la puerta del rey, pero ellos banquetean en la mesa misma. Aquí nos apoyamos en el brazo amigo, pero allí ellos se apoyan en su Amado, y solo en él. Aquí hemos de tener la ayuda de nuestros compañeros, pero allí hallan todo lo que quieren en Cristo Jesús. Aquí miramos a la comida que perece, y al vestido que se corrompe delante de la polilla, pero allí lo hallan todo en Dios. Nosotros usamos el cubo para sacarnos agua del pozo, pero allí beben de la cabecera de la fuente, y ponen los labios en el agua viva. Aquí los ángeles nos traen bendiciones, pero entonces no necesitaremos mensajeros del cielo. Allí no necesitarán Gabrieles que les traigan de Dios sus notas de amor, porque allí lo verán cara a cara. ¡Oh! ¡qué tiempo bendito será aquel en que hayamos subido por encima de toda causa segunda y descansemos sobre el brazo desnudo de Dios! ¡Qué hora gloriosa cuando Dios, y no sus criaturas; el Señor, y no sus obras, sea nuestro gozo de cada día! Nuestras almas habrán alcanzado entonces la perfección de la bienaventuranza.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Marcos 16:9«apareció primeramente á María Magdalena, de la cual había echado siete demonios»María de Magdala fue víctima de un mal temible. Estaba poseída no por un solo demonio, sino por siete. Estos moradores espantosos causaban mucho dolor y mucha contaminación al pobre cuerpo en el cual habían hallado alojamiento. El suyo era un caso sin esperanza, y horrible. Ella no podía ayudarse a sí misma, ni podía valer socorro humano alguno. Pero Jesús pasó por aquel camino y, sin que lo buscaran, y probablemente aun resistido por la pobre endemoniada, pronunció la palabra de poder, y María de Magdala vino a ser un trofeo del poder sanador de Jesús. Los siete demonios la dejaron, la dejaron para no volver jamás, expulsados por la fuerza por el Señor de todos. ¡Qué liberación bendita! ¡Qué cambio feliz! ¡Del delirio al deleite, de la desesperación a la paz, del infierno al cielo! Al punto se hizo seguidora constante de Jesús, recogiendo cada palabra suya, siguiendo sus pasos tortuosos, compartiendo su vida trabajosa; y además se hizo su ayudadora generosa, la primera entre aquella compañía de mujeres sanadas y agradecidas que de sus bienes le servían. Cuando Jesús fue levantado en la crucifixión, María permaneció partícipe de su vergüenza: la hallamos primero mirando de lejos, y luego acercándose al pie de la cruz. No podía morir en la cruz con Jesús, pero estuvo tan cerca de ella como pudo, y cuando su cuerpo bendito fue bajado, ella miró para ver cómo y dónde lo ponían. Fue la creyente fiel y vigilante, la última en el sepulcro donde Jesús dormía, la primera en la tumba de donde resucitó. Su santa fidelidad la hizo contempladora favorecida de su amado Rabboní, que se dignó llamarla por su nombre y hacerla su mensajera de buenas nuevas a los discípulos temblorosos y a Pedro. Así la gracia la halló maníaca y la hizo ministra, echó fuera demonios y le concedió ver ángeles, la libró de Satanás y la unió para siempre al Señor Jesús. ¡Ojalá sea yo también tal milagro de gracia!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde