8 de agosto
Mañana
Isaías 59:5«tejen telas de arañas»Mira la tela de la araña, y contempla en ella un cuadro de lo más sugerente de la religión del hipócrita. Está hecha para atrapar su presa: la araña se engorda con las moscas, y el fariseo tiene su recompensa. Las personas necias caen fácilmente en la trampa de las profesiones ruidosas de los fingidores, y aun los más juiciosos no siempre pueden escapar. Felipe bautizó a Simón el Mago, cuya declaración dolosa de fe quedó tan pronto deshecha por la severa reprensión de Pedro. La clientela, la reputación, la alabanza, el ascenso y otras moscas son la caza menuda que los hipócritas toman en sus redes. La tela de araña es una maravilla de destreza: mírala y admira las artimañas del cazador astuto. ¿No es igualmente admirable la religión de un engañador? ¿Cómo hace para que una mentira tan descarada parezca una verdad? ¿Cómo puede hacer que su oropel sirva tan bien al propósito del oro? La tela de araña sale toda de las propias entrañas de la criatura. La abeja recoge su cera de las flores; la araña no liba flor alguna y, sin embargo, hila su material hasta la longitud que quiera. Así también los hipócritas hallan su confianza y su esperanza dentro de sí mismos; su ancla fue forjada en su propio yunque, y su cable, torcido por sus propias manos. Echan su propio cimiento y labran las columnas de su propia casa, desdeñando ser deudores de la gracia soberana de Dios. Pero la tela de araña es muy frágil. Está primorosamente labrada, pero no fabricada para durar. No es rival para la escoba del criado, ni para el bastón del caminante. El hipócrita no necesita una batería de cañones Armstrong para hacer pedazos su esperanza; un mero soplo de viento bastará. Las telarañas hipócritas pronto caerán cuando la escoba de la destrucción comience su obra purificadora. Lo cual nos recuerda un pensamiento más, a saber, que tales telarañas no han de tolerarse en la casa del Señor: él cuidará de que ellas, y quienes las hilan, sean destruidos para siempre. Oh alma mía, descansa tú en algo mejor que una tela de araña. Sea el Señor Jesús tu escondite eterno.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Marcos 9:23«al que cree todo es posible»Muchos cristianos de profesión están siempre dudando y temiendo, y piensan con desaliento que este es el estado necesario de los creyentes. Esto es un error, porque «al que cree todo es posible»; y nos es posible remontarnos a un estado en el cual una duda o un temor no sea más que un ave de paso que cruza el alma de largo, pero nunca se queda en ella. Cuando lees de las altas y dulces comuniones que gozan los santos favorecidos, suspiras y murmuras en la recámara de tu corazón: «¡Ay! estas no son para mí». Oh tú que escalas, si tan solo tienes fe, aún te plantarás sobre el pináculo soleado del templo, porque «al que cree todo es posible». Oyes de proezas que hombres santos han hecho por Jesús; de lo que han gozado de él; de cuánto se le han parecido; de cómo han podido soportar grandes persecuciones por causa de él; y dices: «¡Ah! en cuanto a mí, no soy más que un gusano; jamás podré alcanzar esto». Pero no hay nada que un santo haya sido que tú no puedas ser. No hay elevación de gracia, ni alcance de espiritualidad, ni claridad de certeza, ni puesto de deber, que no esté abierto para ti si tan solo tienes el poder de creer. Deja a un lado el cilicio y la ceniza, y levántate a la dignidad de tu verdadera posición; eres pequeño en Israel porque quieres serlo, no porque haya necesidad alguna de ello. No conviene que te arrastres en el polvo, oh hijo de un Rey. ¡Sube! ¡El trono de oro de la certeza te está esperando! La corona de la comunión con Jesús está lista para adornar tu frente. Envuélvete en escarlata y lino fino, y banquetea suntuosamente cada día; porque si crees, podrás comer la grosura de los riñones del trigo; tu tierra fluirá leche y miel, y tu alma se saciará como de meollo y de grosura. Recoge gavillas doradas de gracia, porque te aguardan en los campos de la fe. «Al que cree todo es posible».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde