7 de agosto
Mañana
Cantares 1:4«los rectos te aman»Los creyentes aman a Jesús con un afecto más profundo del que se atreven a dar a cualquier otro ser. Antes perderían padre y madre que apartarse de Cristo. Sostienen todos los consuelos terrenales con mano floja, pero a él lo llevan bien cerrado en el pecho. Se niegan voluntariamente a sí mismos por causa de él, pero no se les ha de empujar a negarlo. Es amor escaso el que el fuego de la persecución puede secar; el amor del verdadero creyente es una corriente más profunda que esta. Los hombres se han afanado por separar a los fieles de su Amo, pero sus intentos han sido estériles en toda época. Ni coronas de honra, ni ceños de ira, han desatado este nudo más que gordiano. Este no es un apego de cada día que el poder del mundo pueda al fin disolver. Ni el hombre ni el diablo han hallado una llave que abra esta cerradura. Nunca la astucia de Satanás ha quedado más en falta que cuando la ha ejercido procurando rasgar esta unión de dos corazones soldados divinamente. Está escrito, y nada puede borrar la sentencia: «los rectos te aman». La intensidad del amor de los rectos, sin embargo, no ha de juzgarse tanto por lo que aparenta como por lo que los rectos anhelan. Es nuestro lamento de cada día que no podemos amar bastante. ¡Ojalá nuestros corazones fueran capaces de contener más y de alcanzar más lejos! Como Samuel Rutherford, suspiramos y clamamos: «¡Oh, tener tanto amor como para rodear la tierra y pasar sobre el cielo —sí, el cielo de los cielos, y diez mil mundos—, a fin de poder derramarlo todo sobre el hermoso, hermoso, el único hermoso Cristo!». ¡Ay! nuestro alcance más largo no es sino un palmo de amor, y nuestro afecto no es más que como una gota de un cubo, comparado con lo que él merece. Mide nuestro amor por nuestras intenciones, y es alto en verdad; así, confiamos, lo juzga nuestro Señor. ¡Oh, que pudiéramos dar todo el amor de todos los corazones en una sola gran masa, un juntarse de todos los amores, a aquel que es del todo deseable!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
1 Tesalonicenses 2:18«Satanás nos embarazó»Desde la primera hora en que el bien entró en conflicto con el mal, nunca ha dejado de ser verdad en la experiencia espiritual que Satanás nos estorba. Desde todos los puntos de la brújula, a todo lo largo de la línea de batalla, en la vanguardia y en la retaguardia, al amanecer del día y a la hora de la medianoche, Satanás nos estorba. Si nos afanamos en el campo, él procura romper la reja del arado; si edificamos el muro, trabaja por derribar las piedras; si queremos servir a Dios en el sufrimiento o en el combate, en todas partes Satanás nos estorba. Nos estorba cuando venimos por primera vez a Jesucristo. Feroces conflictos tuvimos con Satanás cuando miramos por primera vez a la cruz y vivimos. Ahora que somos salvos, procura estorbar la plenitud de nuestro carácter personal. Puede que te estés felicitando: «Hasta ahora he andado con consecuencia; ningún hombre puede impugnar mi integridad». Cuídate de jactarte, porque tu virtud aún será probada; Satanás dirigirá sus máquinas contra aquella misma virtud por la cual eres más célebre. Si hasta ahora has sido un creyente firme, tu fe será atacada muy pronto; si has sido manso como Moisés, espera ser tentado a hablar precipitadamente con tus labios. Las aves picotearán tu fruto más maduro, y el jabalí embestirá con sus colmillos tus vides más escogidas. Satanás de cierto nos estorba cuando somos fervientes en la oración. Frena nuestra importunidad y debilita nuestra fe, a fin de que, si es posible, perdamos la bendición. Ni es Satanás menos vigilante al estorbar el esfuerzo cristiano. Nunca hubo un avivamiento de la religión sin un avivamiento de su oposición. Tan pronto como Esdras y Nehemías comienzan a trabajar, Sanballat y Tobías son incitados a estorbarlos. ¿Qué, pues? No nos alarmamos porque Satanás nos estorbe, pues es prueba de que estamos del lado del Señor y hacemos la obra del Señor, y en su fuerza ganaremos la victoria y triunfaremos sobre nuestro adversario.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde