30 de julio
Mañana
Marcos 14:72«pensando en esto, lloraba.»Algunos han pensado que, mientras Pedro vivió, la fuente de sus lágrimas empezaba a correr cada vez que recordaba haber negado a su Señor. No es inverosímil que así fuera, porque su pecado fue muy grande, y la gracia tuvo después en él una obra perfecta. Esta misma experiencia es común a toda la familia redimida, según el grado en que el Espíritu de Dios ha quitado el corazón de piedra natural. Nosotros, como Pedro, recordamos nuestra promesa jactanciosa: «Aunque todos sean escandalizados, mas no yo.» Nos comemos nuestras propias palabras con las hierbas amargas del arrepentimiento. Cuando pensamos en lo que juramos que seríamos, y en lo que hemos sido, bien podemos llorar aguaceros enteros de dolor. Pensó en haber negado a su Señor. El lugar en que lo hizo, la causa pequeña que lo llevó a pecado tan atroz, los juramentos y las blasfemias con que procuró confirmar su mentira, y la espantosa dureza de corazón que lo empujó a hacerlo otra vez y otra vez. ¿Podemos nosotros, cuando se nos recuerdan nuestros pecados y su excesiva pecaminosidad, permanecer impasibles y tercos? ¿No haremos de nuestra casa un Bochim, y clamaremos al Señor por nuevas seguridades del amor que perdona? Nunca miremos el pecado con ojos secos, no sea que dentro de poco tengamos la lengua reseca en las llamas del infierno. Pedro pensó también en la mirada de amor de su Maestro. El Señor hizo seguir la voz de aviso del gallo con una mirada admonitoria, de tristeza, de piedad y de amor. Esa mirada no se apartó de la mente de Pedro mientras vivió. Fue mucho más eficaz de lo que habrían sido diez mil sermones sin el Espíritu. El apóstol penitente de seguro lloraría al recordar el pleno perdón del Salvador, que lo restauró a su lugar de antes. Pensar que hemos ofendido a un Señor tan amable y tan bueno es razón más que suficiente para ser lloradores de continuo. Señor, hiere nuestros corazones de roca, y haz que broten las aguas.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Juan 6:37«al que á mí viene, no [le] hecho fuera.»No se pone límite alguno a la duración de esta promesa. No dice meramente: «No echaré fuera a un pecador en su primera venida», sino: «No [le] hecho fuera». El original se lee: «No, no lo echaré fuera», o «Nunca, nunca lo echaré fuera». El texto significa que Cristo no rechazará al principio a un creyente; y que, como no lo hará al principio, tampoco lo hará hasta el fin.
Pero supón que el creyente peca después de venir. «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, á Jesucristo el justo». Pero supón que los creyentes se vuelven atrás. «Yo medicinaré su rebelión, amarélos de voluntad: porque mi furor se apartó de ellos.» ¡Pero los creyentes pueden caer bajo la tentación! «Mas fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis [llevar]; antes dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis aguantar». ¡Pero el creyente puede caer en pecado, como cayó David! Sí, pero él «los purificará con hisopo, y serán limpios; los lavará, y serán emblanquecidos más que la nieve»; «de todas sus iniquidades los limpiaré».
Una vez en Cristo, en Cristo para siempre, nada de su amor puede separarnos.
«Yo doy a mis ovejas», dice él, «vida eterna; y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano.» ¿Qué dices a esto, oh mente temblorosa y débil? ¿No es esta una misericordia preciosa: que, al venir a Cristo, no vienes a Uno que te tratará bien por un poco de tiempo y luego te despachará a tus quehaceres, sino que te recibirá, te hará su desposada, y serás suya para siempre? No recibas más el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor, sino el espíritu de adopción, por el cual clamarás: ¡Abba, Padre! ¡Oh, la gracia de estas palabras: «No [le] hecho fuera»!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde