31 de julio
Mañana
Juan 17:23«Yo en ellos»Si tal es la unión que subsiste entre nuestras almas y la persona de nuestro Señor, ¡cuán hondo y ancho es el cauce de nuestra comunión! Este no es un tubo estrecho por el cual pueda serpentear un hilo de agua: es un cauce de asombrosa profundidad y anchura, a lo largo de cuya extensión gloriosa puede rodar sus crecidas un caudal ingente de agua viva. Mira: ha puesto delante de nosotros una puerta abierta; no seamos tardos en entrar. Esta ciudad de la comunión tiene muchas puertas de perla; cada una de las puertas es de una sola perla, y cada puerta está abierta de par en par para que entremos, seguros de la bienvenida. Si no hubiera más que una pequeña aspillera por la cual hablar con Jesús, sería un alto privilegio meter una palabra de comunión por la puerta estrecha; ¡cuánto más bendecidos somos al tener una entrada tan amplia! Si el Señor Jesús hubiera estado lejos de nosotros, con muchos mares tempestuosos de por medio, habríamos anhelado enviarle un mensajero que le llevara nuestros amores y nos trajera noticias de la casa de su Padre; pero mira su bondad: ha edificado su casa junto a la nuestra; más aún, se hospeda con nosotros, y pone su tabernáculo en corazones pobres y humildes, para tener así trato perpetuo con nosotros. ¡Oh, cuán necios hemos de ser si no vivimos en comunión habitual con él! Cuando el camino es largo, y peligroso, y difícil, no hay por qué asombrarse de que los amigos rara vez se encuentren; pero, cuando viven juntos, ¿olvidará Jonatán a su David? Una esposa puede, cuando su marido está de viaje, pasar muchos días sin conversar con él, pero nunca podría soportar estar separada de él si supiera que está en una de las cámaras de su propia casa. ¿Por qué, creyente, no te sientas a su banquete de vino? Busca a tu Señor, porque está cerca; abrázalo, porque es tu Hermano. Tenlo firme, porque es tu Esposo; y apriétalo contra tu corazón, porque es de tu propia carne.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
1 Crónicas 9:33«Y de estos había cantores, principales de familias de los Levitas, [los cuales estaban en sus] cámaras exentos; porque de día y de noche estaban en [aquella] obra.»Bien estaba ordenado así en el templo, que el canto sagrado nunca cesara: por siempre alababan los cantores al Señor, cuya misericordia es para siempre. Como la misericordia no cesaba de reinar ni de día ni de noche, así tampoco la música acallaba su ministerio santo. Corazón mío, hay una lección que se te enseña con dulzura en el canto incesante del templo de Sión: tú también eres deudor constante, y mira que tu gratitud, como la caridad, nunca deje de ser. La alabanza de Dios es constante en el cielo, que ha de ser tu morada final; aprende a practicar el aleluya eterno. Alrededor de la tierra, conforme el sol esparce su luz, sus rayos despiertan a creyentes agradecidos para que entonen su himno de la mañana, de modo que, por el sacerdocio de los santos, se sostiene una alabanza perpetua a todas horas; envuelven nuestro globo en un manto de acción de gracias, y lo ciñen con un cinturón de oro de cántico.
El Señor siempre merece ser alabado por lo que él es en sí mismo, por sus obras de creación y de providencia, por su bondad hacia sus criaturas, y especialmente por el acto trascendente de la redención, y por toda la bendición maravillosa que de ahí fluye. Siempre es provechoso alabar al Señor; alegra el día y abrillanta la noche; aligera el trabajo y suaviza el dolor; y sobre el gozo terreno derrama un resplandor santificador que lo hace menos capaz de cegarnos con su brillo. ¿No tenemos algo de qué cantar en este momento? ¿No podemos tejer un cántico con nuestros gozos presentes, o nuestras liberaciones pasadas, o nuestras esperanzas futuras? La tierra da sus frutos de verano: el heno está ya en el granero, el grano dorado invita a la hoz, y el sol, deteniéndose largo tiempo para brillar sobre una tierra fructífera, acorta el intervalo de sombra, a fin de que alarguemos las horas del culto devoto. Por el amor de Jesús, dejémonos incitar a cerrar el día con un salmo de alegría santificada.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde