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27 de julio

Mañana

2 Pedro 1:4«preciosas y grandísimas promesas»

Si quieres conocer por experiencia la preciosidad de las promesas, y gozarlas en tu propio corazón, medita mucho en ellas. Hay promesas que son como uvas en el lagar; si las pisas, el jugo fluirá. Pensar en las palabras sagradas será a menudo el preludio de su cumplimiento. Mientras cavilas en ellas, la merced que buscas vendrá a ti sin que lo adviertas. Muchos cristianos que han tenido sed de la promesa han hallado el favor que ella aseguraba destilándose mansamente en su alma, aun mientras consideraban el registro divino; y se han gozado de haber sido llevados alguna vez a arrimar la promesa a su corazón.

Pero, además de meditar en las promesas, procura recibirlas en tu alma como palabras mismas de Dios. Habla así a tu alma: «Si tratara yo con la promesa de un hombre, consideraría con cuidado la capacidad y el carácter del hombre que ha pactado conmigo. Así con la promesa de Dios: mi ojo no ha de fijarse tanto en la grandeza de la misericordia —eso puede hacerme vacilar— como en la grandeza de quien promete —eso me alentará—. Alma mía, es Dios, tu Dios, Dios, que no puede mentir, quien te habla. Esta palabra suya que ahora consideras es tan verdadera como su propia existencia. Es un Dios inmutable. No ha mudado lo que ha salido de su boca, ni ha revocado una sola frase de consuelo. Tampoco carece de poder alguno; es el Dios que hizo los cielos y la tierra quien ha hablado así. Ni puede fallar en sabiduría en cuanto al tiempo en que otorgará los favores, porque sabe cuándo es mejor dar y cuándo es mejor retener. Por tanto, viendo que es la palabra de un Dios tan verdadero, tan inmutable, tan poderoso, tan sabio, quiero y he de creer la promesa.» Si así meditamos en las promesas, y consideramos a quien promete, experimentaremos su dulzura y obtendremos su cumplimiento.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Romanos 8:33«¿Quién acusará á los escogidos de Dios?»

¡Desafío benditísimo! ¡Cuán incontestable es! Todo pecado de los escogidos fue puesto sobre el gran Campeón de nuestra salvación, y por la expiación fue llevado lejos. No hay pecado en el libro de Dios contra su pueblo: «No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel»; están justificados en Cristo para siempre. Cuando la culpa del pecado fue quitada, el castigo del pecado fue removido. Para el cristiano no hay golpe de la mano airada de Dios; no, ni siquiera un solo ceño de la justicia que castiga. El creyente puede ser castigado por su Padre, pero Dios el Juez no tiene nada que decirle al cristiano, excepto: «Te he absuelto; estás absuelto.» Para el cristiano no hay muerte penal en este mundo, y mucho menos segunda muerte. Está del todo libre tanto del castigo como de la culpa del pecado, y también le es quitado el poder del pecado. Puede plantarse en nuestro camino y agitarnos con guerra perpetua; pero el pecado es un enemigo vencido para toda alma unida a Jesús. No hay pecado que un cristiano no pueda vencer si tan solo se apoya en su Dios para hacerlo. Los que llevan la ropa blanca en el cielo vencieron por la sangre del Cordero, y nosotros podemos hacer lo mismo. Ninguna concupiscencia es demasiado poderosa, ningún pecado que nos asedia está demasiado atrincherado; podemos vencer por el poder de Cristo. Créelo, cristiano: tu pecado es cosa condenada. Puede dar coces y forcejear, pero está sentenciado a morir. Dios ha escrito la condenación sobre su frente. Cristo lo ha crucificado, «enclavándola en la cruz». Ve ahora y mortifícalo, y el Señor te ayude a vivir para su alabanza, porque el pecado, con toda su culpa, su vergüenza y su miedo, se ha ido.

Aquí hay perdón para las transgresiones pasadas, no importa cuán negro sea su tinte; y, oh alma mía, mira con asombro: también para los pecados por venir hay aquí perdón.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde