19 de julio
Mañana
Deuteronomio 5:24«Jehová nuestro Dios nos ha mostrado su gloria»El gran designio de Dios en todas sus obras es la manifestación de su propia gloria. Cualquier fin menor que este sería indigno de él. Pero ¿cómo ha de manifestarse la gloria de Dios a criaturas caídas como somos nosotros? El ojo del hombre no es sencillo: siempre lanza una mirada de reojo hacia su propia honra, estima en demasiado sus propias fuerzas, y así no está capacitado para contemplar la gloria del Señor. Es claro, pues, que el yo ha de quitarse de en medio, para que haya lugar a que Dios sea exaltado; y esta es la razón por la que él mete a su pueblo muchas veces en aprietos y dificultades, a fin de que, hechos conscientes de su propia necedad y flaqueza, queden aptos para contemplar la majestad de Dios cuando él sale a obrar su liberación. Aquel cuya vida es una senda pareja y lisa verá poco de la gloria del Señor, porque tiene pocas ocasiones de vaciarse de sí mismo, y de ahí, poca aptitud para ser lleno de la revelación de Dios. Los que navegan riachuelos pequeños y calas someras conocen poco del Dios de las tempestades; pero los que «hacen negocio en las muchas aguas», estos ven «sus maravillas en el profundo». Entre las enormes olas atlánticas del duelo, la pobreza, la tentación y el oprobio, aprendemos el poder de Jehová, porque sentimos la pequeñez del hombre. Da gracias a Dios, pues, si has sido llevado por un camino áspero: esto es lo que te ha dado tu experiencia de la grandeza y la misericordia de Dios. Tus aflicciones te han enriquecido con una riqueza de conocimiento que no se alcanza por ningún otro medio: tus pruebas han sido la hendidura de la peña en la cual Jehová te ha puesto, como hizo con su siervo Moisés, para que contemplaras su gloria al pasar. Alaba a Dios porque no se te ha dejado en las tinieblas y la ignorancia en que podría haberte envuelto una prosperidad continua, sino que, en el gran combate de aflicciones, has sido capacitado para los resplandores de su gloria en sus tratos maravillosos contigo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Mateo 12:20«La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagarỿQué hay más débil que la caña cascada o el pábilo que humea? Una caña que crece en el pantano o el marjal: apenas se pose en ella el pato silvestre, y se quiebra; apenas la roce el pie del hombre, y queda cascada y rota; todo viento que cruza el río la mueve de un lado a otro. No puedes concebir nada más frágil ni quebradizo, ni cuya existencia esté en mayor peligro, que una caña cascada. Mira luego el pábilo que humea: ¿qué es? Tiene una chispa dentro, es cierto, pero está casi ahogada; el aliento de un niño podría apagarla; nada tiene una existencia más precaria que su llama. Aquí se describen cosas débiles, y sin embargo Jesús dice de ellas: «El pábilo que humea no apagaré; la caña cascada no quebraré». Algunos de los hijos de Dios son hechos fuertes para realizar obras poderosas por él; Dios tiene sus Sansones aquí y allá, que pueden arrancar las puertas de Gaza y llevarlas a la cumbre del monte; tiene unos pocos valientes que son hombres leoninos, pero la mayoría de su pueblo es una raza tímida y temblorosa. Son como estorninos, asustados de todo el que pasa; un rebaño pequeño y temeroso. Si viene la tentación, son tomados como aves en el lazo; si amenaza la prueba, están prontos a desmayar; su frágil esquife es zarandeado por cada ola; van a la deriva como un ave marina sobre la cresta de las olas: cosas débiles, sin fuerza, sin sabiduría, sin previsión. Con todo, por débiles que sean, y precisamente porque son tan débiles, tienen esta promesa hecha especialmente para ellos. ¡En esto hay gracia y graciosidad! ¡En esto hay amor y misericordia! ¡Cómo nos revela la compasión de Jesús, tan manso, tierno, considerado! Nunca necesitamos retroceder ante su toque. Nunca necesitamos temer de él una palabra áspera; aunque bien podría reprendernos por nuestra flaqueza, no reprende. Las cañas cascadas no recibirán golpes de él, y el pábilo que humea, ningún ceño que lo apague.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde