18 de julio
Mañana
Números 2:31«irán los postreros tras sus banderas.»El campamento de Dan cerraba la marcha cuando los ejércitos de Israel iban de camino. Los danitas ocupaban el lugar postrero; pero ¿qué importaba la posición, si eran tan verdaderamente parte del ejército como las tribus de delante? Seguían la misma columna de nube y de fuego, comían del mismo maná, bebían de la misma piedra espiritual y caminaban hacia la misma heredad. Ven, corazón mío, anímate, aunque seas el último y el menor; privilegio tuyo es estar en el ejército, y que te vaya como a los que marchan al frente. Alguien ha de ser el postrero en honra y estima; alguien ha de hacer por Jesús el trabajo servil, ¿y por qué no he de ser yo? En una aldea pobre, entre un campesinado ignorante, o en una calleja, entre pecadores degradados, seguiré trabajando, e «iré el postrero tras mi bandera».
Los danitas ocupaban un lugar muy útil. Hay que recoger a los rezagados en la marcha, y juntar del campo lo que se ha perdido. Los espíritus ardientes pueden lanzarse adelante por sendas no holladas para aprender verdad nueva y ganar más almas para Jesús; pero algunos de espíritu más conservador pueden ocuparse bien en recordar a la iglesia su fe antigua y en restaurar a sus hijos desfallecidos. Cada puesto tiene sus deberes, y los hijos de Dios que se mueven con lentitud hallarán que su estado peculiar es uno en el cual pueden ser eminentemente de bendición para todo el ejército.
La retaguardia es un lugar de peligro. Hay enemigos detrás de nosotros tanto como delante. Los ataques pueden venir de cualquier lado. Leemos que Amalec cayó sobre Israel y mató a algunos de los postreros. El cristiano experimentado hallará mucho trabajo para sus armas en socorrer a aquellas pobres almas que dudan, se desalientan y vacilan, y que van postreras en fe, en conocimiento y en gozo. No se las ha de dejar sin ayuda, y por tanto sea ocupación de los santos bien enseñados llevar sus banderas entre los postreros. Alma mía, vela tú con ternura para ayudar hoy a los postreros.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Joel 2:8«Ninguno apretará á su compañero, cada uno irá por su carrera»Las langostas guardan siempre su fila y, aunque su número es legión, no se aprietan unas a otras hasta echar sus columnas en confusión. Este hecho notable de la historia natural muestra cuán cabalmente ha infundido el Señor el espíritu de orden en su universo, pues las criaturas animadas más pequeñas son regidas por él tanto como las esferas que ruedan o los mensajeros seráficos. Sería sabio que los creyentes se dejaran gobernar por el mismo influjo en toda su vida espiritual. En sus gracias cristianas, ninguna virtud ha de usurpar la esfera de otra, ni devorar las entrañas de las demás para su propio sostén. El afecto no ha de sofocar la honradez, el valor no ha de sacar a empellones del campo a la flaqueza, la modestia no ha de atropellar la energía, y la paciencia no ha de degollar la resolución. Así también con nuestros deberes: uno no ha de estorbar al otro; la utilidad pública no ha de dañar la piedad privada; el trabajo de la iglesia no ha de empujar el culto de la familia a un rincón. Es malo ofrecer a Dios un deber manchado con la sangre de otro. Cada cosa es hermosa en su tiempo, y no de otro modo. Al fariseo dijo Jesús: «esto era menester hacer, y no dejar lo otro.» La misma regla se aplica a nuestra posición personal: hemos de cuidar de conocer nuestro lugar, tomarlo y mantenernos en él. Hemos de ministrar según la capacidad que el Espíritu nos ha dado, y no invadir el dominio de nuestro consiervo. Nuestro Señor Jesús nos enseñó a no codiciar los primeros puestos, sino a estar dispuestos a ser los menores entre los hermanos. Lejos de nosotros un espíritu envidioso y ambicioso; sintamos la fuerza del mandato del Maestro, y hagamos como él nos ordena, guardando la fila con el resto del ejército. Esta noche veamos si guardamos la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, y sea nuestra oración que, en todas las iglesias del Señor Jesús, prevalezcan la paz y el orden.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde