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17 de julio

Mañana

1 Tesalonicenses 1:4«Sabiendo, hermanos amados de Dios, vuestra elección»

Muchos quieren conocer su elección antes de mirar a Cristo, pero no pueden aprenderla así: solo se descubre «puestos los ojos en […] Jesús». Si deseas cerciorarte de tu propia elección, de la manera siguiente asegurarás tu corazón delante de Dios. ¿Te sientes un pecador perdido y culpable? Ve enseguida a la cruz de Cristo, díselo así a Jesús, y dile que has leído en la Biblia: «al que á mí viene, no [le] echo fuera.» Dile que él ha dicho: «Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar á los pecadores». Mira a Jesús y cree en él, y al punto darás prueba de tu elección, porque tan cierto como crees, eres escogido. Si te entregas por entero a Cristo y confías en él, entonces eres uno de los escogidos de Dios; pero si te detienes y dices: «Quiero saber primero si soy escogido», pides lo que no sabes. Ve a Jesús, por muy culpable que seas, tal como estás. Deja a un lado toda averiguación curiosa acerca de la elección. Ve derecho a Cristo y escóndete en sus heridas, y conocerás tu elección. Se te dará la certeza del Espíritu Santo, de modo que podrás decir: «yo sé á quien he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito». Cristo estuvo en el concilio eterno: él puede decirte si fuiste escogido o no; pero no puedes averiguarlo de ninguna otra manera. Ve y pon tu confianza en él, y su respuesta será: «Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia.» No habrá duda de que él te ha escogido, cuando tú lo hayas escogido a él.

Hijos somos por la elección de Dios, los que en Jesucristo creemos.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

1 Reyes 18:40«que no escape ninguno»

Cuando el profeta Elías hubo recibido la respuesta a su oración, y el fuego del cielo hubo consumido el sacrificio en presencia de todo el pueblo, llamó a los israelitas reunidos para que prendieran a los sacerdotes de Baal, y clamó con severidad: «que no escape ninguno.» Los llevó a todos al arroyo de Cisón, y allí los degolló. Así ha de ser con nuestros pecados: todos están condenados; ni uno ha de ser preservado. Nuestro pecado favorito ha de morir. No lo perdones por mucho que clame. Hiere, aunque te sea tan querido como un Isaac. Hiere, porque Dios hirió al pecado cuando fue puesto sobre su propio Hijo. Con propósito severo e inquebrantable has de condenar a muerte aquel pecado que un día fue el ídolo de tu corazón. ¿Preguntas cómo has de lograrlo? Jesús será tu poder. Se te ha dado gracia para vencer el pecado en el pacto de gracia; tienes fuerza para alcanzar la victoria en la cruzada contra las concupiscencias interiores, porque Cristo Jesús ha prometido estar contigo hasta el fin. Si quieres triunfar sobre las tinieblas, ponte en la presencia del Sol de justicia. No hay lugar tan adecuado para descubrir el pecado, y para recobrarte de su poder y de su culpa, como la presencia inmediata de Dios. Job nunca supo deshacerse del pecado ni con mucho tan bien como cuando su ojo de fe reposó en Dios, y entonces se aborreció a sí mismo y se arrepintió en el polvo y en la ceniza. El oro fino del cristiano se empaña a menudo. Necesitamos el fuego sagrado para consumir la escoria. Acudamos volando a nuestro Dios: él es fuego consumidor; no consumirá nuestro espíritu, sino nuestros pecados. Que la bondad de Dios nos mueva a un celo sagrado y a una santa venganza contra aquellas iniquidades que son aborrecibles a sus ojos. Sal a la batalla contra Amalec, en su fuerza, y destruye por completo a la caterva maldita: «que no escape ninguno.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde