‹ Devocional

15 de julio

Mañana

Levítico 6:13«El fuego ha de arder continuamente en el altar; no se apagará.»

Mantén ardiendo el altar de la oración privada. Esta es la vida misma de toda piedad. Los altares del santuario y de la familia toman de aquí sus fuegos; por tanto, deja que este arda bien. La devoción secreta es la esencia misma, la evidencia y el barómetro de la religión vital y experimental.

Quema aquí la grosura de tus sacrificios. Sean los ratos de tu aposento, si es posible, regulares, frecuentes y sin interrupción. La oración eficaz puede mucho. ¿No tienes nada por qué orar? Sugeramos la Iglesia, el ministerio, tu propia alma, tus hijos, tus parientes, tus vecinos, tu país, y la causa de Dios y de la verdad por todo el mundo. Examinémonos en este asunto importante. ¿Nos entregamos con tibieza a la devoción privada? ¿Arde mortecino en nuestros corazones el fuego de la devoción? ¿Se arrastran pesadas las ruedas del carro? Si es así, alarmémonos ante esta señal de decadencia. Vayamos con llanto, y pidamos el Espíritu de gracia y de oración. Apartemos tiempos especiales para la oración extraordinaria. Porque si este fuego llegara a quedar sofocado bajo las cenizas de una conformidad con el mundo, amortiguará el fuego del altar de la familia, y menguará nuestra influencia tanto en la Iglesia como en el mundo.

El texto se aplicará también al altar del corazón. Este es, en verdad, un altar de oro. A Dios le agrada ver los corazones de su pueblo encendidos hacia él. Demos a Dios nuestros corazones, todos en llamas de amor, y busquemos su gracia, para que el fuego nunca se apague; porque no arderá si el Señor no lo mantiene ardiendo. Muchos enemigos intentarán extinguirlo; pero si la mano invisible detrás del muro derrama sobre él el aceite sagrado, arderá cada vez más alto. Usemos textos de la Escritura como leña para el fuego de nuestro corazón: son carbones encendidos. Asistamos a los sermones, pero, sobre todo, estemos mucho a solas con Jesús.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Marcos 16:9«apareció primeramente á María Magdalena»

Jesús «apareció primeramente á María Magdalena», probablemente no solo a causa de su grande amor y de su búsqueda perseverante, sino porque, como el contexto insinúa, había sido un trofeo especial del poder libertador de Cristo. Aprende de esto que la grandeza de nuestro pecado antes de la conversión no debe hacernos imaginar que no podamos ser favorecidos de manera especial con el grado más alto de comunión. Ella fue de las que lo dejaron todo para ser acompañante constante del Salvador. Él era lo primero para ella, su objeto principal. Muchos que estaban del lado de Cristo no cargaron con la cruz de Cristo; ella sí. Gastó sus bienes en aliviar las necesidades de él. Si queremos ver mucho de Cristo, sirvámosle. Dime quiénes son los que más a menudo se sientan bajo la bandera de su amor, y beben los tragos más hondos de la copa de la comunión, y seguro estoy de que serán los que más dan, los que mejor sirven y los que más de cerca permanecen junto al corazón sangrante de su amado Señor. Pero advierte cómo se reveló Cristo a esta dolorida: por una palabra, «¡María!» No hizo falta sino una palabra de su voz, y al punto ella lo conoció, y su corazón rindió vasallaje con otra palabra; el corazón estaba demasiado lleno para decir más. Aquella única palabra sería, con toda naturalidad, la más propia de la ocasión. Implica obediencia. Ella dijo: «Maestro». No hay estado de ánimo en el cual esta confesión de vasallaje resulte demasiado fría. No: cuando tu espíritu arda más con el fuego celestial, entonces dirás: «yo soy tu siervo», «rompiste mis prisiones». Si puedes decir «Maestro», si sientes que su voluntad es tu voluntad, entonces estás en un lugar dichoso y santo. Él tuvo que decir «¡María!», pues de otro modo tú no habrías podido decir «¡Rabboni!». Mira, pues, por todo esto, cómo Cristo honra a los que lo honran, cómo el amor atrae a nuestro Amado, cómo no hace falta sino una palabra suya para volver nuestro llanto en gozo, cómo su presencia hace el sol del corazón.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde