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12 de julio

Mañana

Judas 1:1; 1 Corintios 1:2; 1 Pedro 1:2«santificados en Dios Padre; santificados en Cristo Jesús; en santificación del Espíritu»

Advierte la unión de las Tres Personas Divinas en todos sus actos de gracia. ¡Cuán neciamente hablan aquellos creyentes que hacen preferencias entre las Personas de la Trinidad; que piensan de Jesús como si fuera la suma de todo lo amable y benigno, mientras al Padre lo tienen por severamente justo, pero desprovisto de bondad! Igualmente extraviados están los que magnifican el decreto del Padre y la expiación del Hijo, hasta menospreciar la obra del Espíritu. En los hechos de la gracia, ninguna de las Personas de la Trinidad actúa aparte de las demás. Están tan unidas en sus obras como en su esencia. En su amor hacia los escogidos son uno, y en las acciones que manan de esa gran fuente central siguen sin dividirse. Nota esto de manera especial en lo de la santificación. Si bien podemos hablar, sin equivocarnos, de la santificación como obra del Espíritu, con todo hemos de cuidarnos de no mirarla como si el Padre y el Hijo no tuvieran parte en ella. Es correcto hablar de la santificación como obra del Padre, del Hijo y del Espíritu. Aún dice Jehová: «Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza», y así somos «hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas». Mira el valor que Dios pone en la santidad verdadera, pues las Tres Personas de la Trinidad aparecen colaborando para producir una Iglesia sin «mancha ni arruga, ni cosa semejante». Y tú, creyente, como seguidor de Cristo, has de estimar también en mucho la santidad: la pureza de vida y la piedad de la conducta. Estima la sangre de Cristo como fundamento de tu esperanza, pero nunca hables con menosprecio de la obra del Espíritu, que es tu aptitud para la suerte de los santos en luz. Vivamos hoy de modo que se manifieste en nosotros la obra del Dios Trino.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

2 Timoteo 4:18«su reino celestial»

Aquella ciudad del gran Rey es un lugar de servicio activo. Los espíritus rescatados le sirven día y noche en su templo. Nunca cesan de cumplir el beneplácito de su Rey. Siempre «reposan», en cuanto a holgura y libertad de cuidado se refiere; y nunca «reposan», en el sentido de indolencia o inactividad. La Jerusalén de oro es el lugar de comunión con todo el pueblo de Dios. Nos sentaremos con Abraham, Isaac y Jacob, en comunión eterna. Tendremos alta conversación con la noble hueste de los escogidos, todos reinando con aquel que, por su amor y su brazo potente, los ha traído salvos a casa. No cantaremos a solo, sino que en coro alabaremos a nuestro Rey. El cielo es un lugar de victoria realizada. Siempre que, cristiano, has alcanzado una victoria sobre tus concupiscencias; siempre que, tras dura lucha, has tendido muerta a tus pies una tentación: tienes en esa hora un anticipo del gozo que te aguarda cuando el Señor pronto huelle a Satanás bajo tus pies, y te halles más que vencedor por medio de aquel que te ha amado. El paraíso es un lugar de seguridad. Cuando gozas de la plena certidumbre de la fe, tienes la prenda de aquella seguridad gloriosa que será tuya cuando seas ciudadano perfecto de la Jerusalén celestial. ¡Oh dulce hogar mío, Jerusalén, puerto feliz de mi alma! Gracias, aun ahora, a aquel cuyo amor me ha enseñado a anhelarte; pero gracias más altas en la eternidad, cuando yo te posea.

Mi alma ha gustado de las uvas, y ahora anhela ir adonde mi querido Señor guarda su viña y crecen todos los racimos.

Sobre la vid verdadera y viva, mi alma hambrienta quiere festejar, y banquetear con el fruto divino, huésped eterno.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde