11 de julio
Mañana
1 Pedro 5:10«después que hubiereis un poco de tiempo padecido, él mismo os perfeccione, confirme, corrobore y establezca.»Has visto el arco del cielo cuando se tiende sobre la llanura: gloriosos son sus colores, y raros sus matices. Es hermoso; pero, ay, pasa, y he aquí que ya no está. Los bellos colores ceden el lugar a las nubes de vellón, y el cielo ya no resplandece con los tintes celestiales. No está establecido. ¿Cómo podría estarlo? Espectáculo glorioso, compuesto de rayos de sol que pasan y de gotas de lluvia pasajeras, ¿cómo puede permanecer? Las gracias del carácter cristiano no han de parecerse al arco iris en su belleza pasajera, sino que, al contrario, han de estar confirmadas, establecidas, permanentes. Busca, oh creyente, que todo bien que tienes sea un bien que permanece. ¡Que tu carácter no sea escritura sobre la arena, sino inscripción sobre la roca! Que tu fe no sea «el edificio sin cimiento de una visión», sino que esté edificada con material capaz de resistir aquel fuego terrible que ha de consumir la madera, el heno y la hojarasca del hipócrita. Que estés arraigado y fundado en amor. Que tus convicciones sean hondas, tu amor verdadero, tus deseos fervientes. Que toda tu vida quede tan asentada y establecida, que todas las ráfagas del infierno y todas las tormentas de la tierra jamás puedan arrancarte. Pero fíjate cómo se alcanza esta bendición de estar «confirmados en la fe». Las palabras del apóstol nos señalan el sufrimiento como el medio empleado: «después que hubiereis un poco de tiempo padecido». De nada sirve esperar que quedaremos bien arraigados si ningún viento recio pasa sobre nosotros. Aquellas nudosidades viejas de la raíz del roble, y aquellas extrañas torceduras de las ramas, cuentan todas las muchas tormentas que han barrido sobre él, y son también indicios de la hondura hasta la cual las raíces se han ido abriendo paso. Así el cristiano es hecho fuerte, y firmemente arraigado, por todas las pruebas y tormentas de la vida. No te retraigas, pues, de los vientos tempestuosos de la prueba, sino consuélate, creyendo que por su disciplina áspera Dios está cumpliendo en ti esta bendición.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Joel 1:3«De esto contaréis á vuestros hijos, y vuestros hijos á sus hijos, y sus hijos á la otra generación.»De esta manera sencilla, por la gracia de Dios, un testimonio vivo en favor de la verdad ha de mantenerse siempre vivo en la tierra: los amados del Señor han de transmitir a sus herederos su testimonio del evangelio y del pacto, y estos, a su vez, a los descendientes que les siguen. Este es nuestro primer deber: hemos de empezar junto al hogar de la familia. Mal predicador es aquel que no comienza su ministerio en casa. A los paganos se los ha de buscar por todos los medios, y se han de escudriñar los caminos y los vallados, pero el hogar tiene un derecho anterior, y ¡ay de los que invierten el orden de las disposiciones del Señor! Enseñar a nuestros hijos es un deber personal; no podemos delegarlo en los maestros de la escuela dominical, ni en otras ayudas amistosas. Estos pueden asistirnos, pero no pueden librarnos de la obligación sagrada. Los apoderados y los padrinos son, en este caso, ardides perversos: las madres y los padres deben, como Abraham, mandar a su casa en el temor de Dios, y hablar con sus hijos acerca de las obras maravillosas del Altísimo. La enseñanza de los padres es un deber natural: ¿quién tan apto para mirar por el bien del niño como aquellos que son los autores de su mismo ser? Descuidar la instrucción de nuestros hijos es peor que cosa de bestias. La religión de la familia es necesaria para la nación, para la familia misma y para la iglesia de Dios. Por mil intrigas el papismo avanza encubiertamente en nuestra tierra, y uno de los medios más eficaces para resistir sus incursiones queda casi descuidado, a saber, la instrucción de los niños en la fe. ¡Ojalá los padres despertaran al sentido de la importancia de este asunto! Es un deber grato hablar de Jesús a nuestros hijos y a nuestras hijas, y más aún porque muchas veces ha resultado ser una obra aceptada, pues Dios ha salvado a los hijos por medio de las oraciones y las amonestaciones de los padres. Que toda casa a la cual llegue este volumen honre al Señor y reciba su sonrisa.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde