‹ Devocional

8 de julio

Mañana

Jueces 16:6«Yo te ruego que me declares en qué consiste tu grande fuerza»

¿Dónde reside la fuerza secreta de la fe? Reside en el alimento del cual se nutre; porque la fe estudia qué es la promesa: una emanación de la gracia divina, un desbordamiento del gran corazón de Dios; y la fe dice: «Mi Dios no podría haber dado esta promesa sino por amor y por gracia; por tanto, es del todo cierto que su Palabra se cumplirá.» Luego la fe piensa: «¿Quién dio esta promesa?» No considera tanto la grandeza de ella como esto: «¿Quién es el autor de ella?» Recuerda que es «Dios, que no puede mentir»: Dios omnipotente, Dios inmutable; y por tanto concluye que la promesa ha de cumplirse; y avanza adelante en esta firme convicción. Recuerda por qué fue dada la promesa, a saber, para la gloria de Dios, y se siente perfectamente segura de que la gloria de Dios está a salvo, de que él nunca manchará su propio blasón, ni empañará el lustre de su propia corona; y por tanto la promesa ha de permanecer, y permanecerá. Luego la fe considera también la obra asombrosa de Cristo como prueba clara de la intención del Padre de cumplir su palabra. «El que aun á su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» Además, la fe vuelve los ojos al pasado, porque sus batallas la han fortalecido, y sus victorias le han dado valor. Recuerda que Dios nunca le ha faltado; es más, que ni una sola vez faltó a ninguno de sus hijos. Recuerda tiempos de gran peligro, cuando vino la liberación; horas de necesidad terrible, en las que, conforme a su día, se halló su fortaleza; y clama: «No; jamás me dejaré llevar a pensar que él pueda cambiar y dejar ahora a su siervo. Hasta aquí me ayudó el Señor, y todavía me ayudará.» Así la fe contempla cada promesa en su conexión con quien la dio y, porque lo hace así, puede decir con seguridad: «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 25:5«Encamíname en tu verdad, y enséñame; porque tú eres el Dios de mi salud: en ti he esperado todo el día.»

Cuando el creyente ha comenzado, con pies temblorosos, a andar en el camino del Señor, pide que se le siga guiando adelante, como a un niño pequeño sostenido por la mano auxiliadora de su padre, y anhela que se le instruya más en el alfabeto de la verdad. La enseñanza por la experiencia es la carga de esta oración. David sabía mucho, pero sentía su ignorancia, y deseaba seguir aún en la escuela del Señor: cuatro veces, en dos versículos, solicita una beca en el colegio de la gracia. Bien les iría a muchos que profesan la fe si, en vez de seguir sus propios arbitrios y de trazarse nuevas sendas de pensamiento, inquirieran por las antiguas y buenas sendas de la verdad propia de Dios, y suplicaran al Espíritu Santo que les diera entendimientos santificados y espíritus enseñables. «porque tú eres el Dios de mi salud.» Jehová, uno y trino, es el Autor y Consumador de la salvación para su pueblo. Lector, ¿es él el Dios de tu salud? ¿Encuentras en la elección del Padre, en la expiación del Hijo y en la vivificación del Espíritu todos los fundamentos de tus esperanzas eternas? Si es así, puedes usar esto como argumento para alcanzar bendiciones ulteriores; si el Señor ha ordenado salvarte, de cierto no rehusará instruirte en sus caminos. Es cosa dichosa cuando podemos dirigirnos al Señor con la confianza que David manifiesta aquí; ello nos da gran poder en la oración, y consuelo en la prueba. «en ti he esperado todo el día.» La paciencia es la hermosa sierva y la hija de la fe; esperamos con alegría cuando estamos ciertos de que no esperaremos en vano. Es nuestro deber y nuestro privilegio esperar en el Señor en el servicio, en la adoración, en la expectación y en la confianza, todos los días de nuestra vida. Nuestra fe será fe probada, y si es de la especie verdadera, soportará la prueba continua sin ceder. No nos cansaremos de esperar en Dios si recordamos cuánto tiempo, y con cuánta gracia, esperó él una vez por nosotros.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde