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6 de julio

Mañana

Proverbios 1:33«el que me oyere, habitará confiadamente, y vivirá reposado, sin temor de mal.»

El amor divino resulta patente cuando resplandece en medio de los juicios. Hermosa es aquella estrella solitaria que sonríe por entre las rendijas de las nubes de trueno; brillante es el oasis que florece en el desierto de arena; así de hermoso y así de brillante es el amor en medio de la ira. Cuando los israelitas provocaron al Altísimo con su idolatría continua, él los castigó negándoles tanto el rocío como la lluvia, de suerte que su tierra fue visitada por una hambruna severa; pero, mientras hacía esto, cuidó de que sus propios escogidos estuvieran seguros. Si todos los demás arroyos están secos, con todo habrá uno reservado para Elías; y cuando ese falle, Dios le conservará todavía un lugar de sustento. Es más, no solo eso: el Señor no tenía simplemente un «Elías», sino que tenía «reliquias por la elección de gracia», escondidas de cincuenta en cincuenta en una cueva; y aunque toda la tierra estaba sujeta al hambre, con todo esos grupos de cincuenta en la cueva fueron alimentados, y alimentados además de la mesa de Acab, por Abdías, su mayordomo fiel y temeroso de Dios. Saquemos de esto la conclusión de que, venga lo que viniere, el pueblo de Dios está seguro. Aunque las convulsiones sacudan la tierra firme, aunque los cielos mismos se rasguen en dos, aun en medio del naufragio de los mundos el creyente estará tan seguro como en la hora de reposo más serena. Si Dios no puede salvar a su pueblo bajo el cielo, lo salvará en el cielo. Si el mundo llega a ponerse demasiado ardiente para contenerlos, entonces el cielo será el lugar de su acogida y de su seguridad. Estén, pues, confiados cuando oigan de «guerras, y rumores de guerras». Ninguna agitación los turbe, sino vivan reposados, sin temor de mal. Cualquier cosa que venga sobre la tierra, ustedes, bajo las anchas alas de Jehová, estarán seguros. Afírmate en su promesa; descansa en su fidelidad, y desafía al futuro más negro, porque no hay en él nada de aciago para ti. Tu única preocupación ha de ser mostrar al mundo la bienaventuranza de oír la voz de la sabiduría.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Job 13:23«¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo?»

¿Has pesado y considerado alguna vez de veras cuán grande es el pecado del pueblo de Dios? Piensa cuán atroz es tu propia transgresión, y hallarás que no solo un pecado aquí y allá se yergue como un alpe, sino que tus iniquidades están amontonadas unas sobre otras, como en la antigua fábula de los gigantes que apilaron el Pelión sobre el Osa, montaña sobre montaña. ¡Qué cúmulo de pecado hay en la vida de uno de los más santificados de los hijos de Dios! Intenta multiplicar este, el pecado de uno solo, por la multitud de los redimidos, «la cual ninguno podía contar», y tendrás alguna idea de la gran masa de la culpa del pueblo por el cual Jesús derramó su sangre. Pero llegamos a una idea más adecuada de la magnitud del pecado por la grandeza del remedio provisto. Es la sangre de Jesucristo, el Hijo único y muy amado de Dios. ¡El Hijo de Dios! ¡Los ángeles echan sus coronas delante de él! Todas las sinfonías corales del cielo rodean su trono glorioso. «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.» Y sin embargo toma sobre sí forma de siervo, y es azotado y traspasado, magullado y desgarrado, y al fin muerto; pues nada sino la sangre del Hijo de Dios encarnado podía hacer expiación por nuestras ofensas. Ninguna mente humana puede estimar de modo adecuado el valor infinito del sacrificio divino, porque, por grande que sea el pecado del pueblo de Dios, la expiación que lo quita es inconmensurablemente mayor. Por tanto el creyente, aun cuando el pecado rueda como una inundación negra y el recuerdo del pasado es amargo, puede con todo estar en pie ante el trono llameante del Dios grande y santo, y clamar: «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó». Mientras el recuerdo de su pecado lo llena de vergüenza y de dolor, al mismo tiempo hace de ese pecado un fondo oscuro que realza el resplandor de la misericordia: la culpa es la noche oscura en la cual la hermosa estrella del amor divino brilla con sereno esplendor.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde