5 de julio
Mañana
Romanos 1:7«llamados santos»Somos muy propensos a mirar a los santos apostólicos como si fueran «santos» de un modo más especial que los demás hijos de Dios. Son «santos» todos aquellos a quienes Dios ha llamado por su gracia y santificado por su Espíritu; pero somos propensos a ver a los apóstoles como seres extraordinarios, apenas sujetos a las mismas flaquezas y tentaciones que nosotros. Con todo, al hacerlo olvidamos esta verdad: que cuanto más cerca de Dios vive un hombre, con tanta más intensidad ha de llorar su propio corazón malo; y cuanto más lo honra su Maestro en el servicio, tanto más también el mal de la carne lo atormenta y lo hostiga día tras día. El hecho es que, si hubiéramos visto al apóstol Pablo, lo habríamos tenido por notablemente parecido al resto de la familia escogida; y si hubiéramos hablado con él, habríamos dicho: «Hallamos que su experiencia y la nuestra son en gran parte la misma. Es más fiel, más santo y más profundamente enseñado que nosotros, pero ha de soportar las mismísimas pruebas. Es más, en algunos aspectos es probado con más dureza que nosotros mismos.» No mires, pues, a los santos antiguos como exentos de flaquezas ni de pecados; ni los mires con esa reverencia mística que casi haría de nosotros idólatras. Su santidad es alcanzable aun por nosotros. Somos «llamados santos» por aquella misma voz que los constriñó a su alta vocación. Es deber del cristiano abrirse paso a viva fuerza hasta el círculo interior de la condición de santos; y si estos santos nos fueron superiores en sus alcances, como sin duda lo fueron, sigámoslos; emulemos su ardor y su santidad. Tenemos la misma luz que ellos tuvieron, la misma gracia nos es accesible, y ¿por qué habríamos de quedar satisfechos hasta igualarlos en el carácter celestial? Vivieron con Jesús, vivieron para Jesús; por eso crecieron semejantes a Jesús. Vivamos por el mismo Espíritu que ellos, «puestos los ojos en Jesús», y nuestra condición de santos pronto será manifiesta.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Isaías 26:4«Confiad en Jehová perpetuamente: porque en el Señor Jehová está la fortaleza de los siglos.»Puesto que tenemos tal Dios en quien confiar, descansemos sobre él con todo nuestro peso; echemos fuera, con resolución, toda incredulidad, y esforcémonos por deshacernos de las dudas y los temores, que tanto menoscaban nuestro consuelo; pues no hay excusa para el temor allí donde Dios es el fundamento de nuestra confianza. Un padre amoroso se dolería en extremo si su hijo no pudiera confiar en él; y cuán poco generosa, cuán poco bondadosa es nuestra conducta cuando ponemos tan poca confianza en nuestro Padre celestial, que nunca nos ha faltado y nunca nos faltará. Bien sería que la duda fuera desterrada de la casa de Dios; pero es de temer que la vieja Incredulidad anda tan ágil hoy como cuando el salmista preguntó: «¿Hase acabado para siempre su misericordia? ¿No volverá más á amar?» David no había hecho prueba muy larga de la espada poderosa del gigante Goliat y, sin embargo, dijo: «Ninguna como ella». La había probado una sola vez, en la hora de su victoria juvenil, y había demostrado ser del metal debido; por eso la alabó siempre después. Así hemos de hablar bien de nuestro Dios: no hay semejante a él ni en el cielo arriba ni en la tierra abajo. «¿A qué pues me haréis semejante, ó seré asimilado? dice el Santo.» No hay roca como la roca de Jacob, siendo jueces nuestros mismos enemigos. Lejos de consentir que las dudas vivan en nuestro corazón, tomaremos a toda esa caterva detestable, como hizo Elías con los profetas de Baal, y los degollaremos junto al arroyo; y, como corriente junto a la cual matarlos, escogeremos el torrente sagrado que brota del costado herido de nuestro Salvador. Hemos estado en muchas pruebas, pero nunca hasta ahora hemos sido arrojados adonde no pudiéramos hallar en nuestro Dios todo cuanto necesitábamos. Quedemos, pues, animados a confiar en Jehová perpetuamente, seguros de que su fortaleza de los siglos será, como lo ha sido, nuestro socorro y nuestro sostén.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde