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4 de julio

Mañana

Juan 17:17«Santifícalos en tu verdad»

La santificación comienza en la regeneración. El Espíritu de Dios infunde en el hombre aquel principio nuevo y viviente por el cual llega a ser «nueva criatura» en Cristo Jesús. Esta obra, que comienza en el nuevo nacimiento, se prosigue de dos maneras: la mortificación, por la cual las concupiscencias de la carne son subyugadas y mantenidas sujetas; y la vivificación, por la cual la vida que Dios ha puesto dentro de nosotros viene a ser una fuente de agua que salta para vida eterna. Esto se prosigue cada día en lo que se llama perseverancia, por la cual el cristiano es preservado y mantenido en un estado de gracia, y es hecho abundar en buenas obras para alabanza y gloria de Dios; y culmina, o llega a perfección, en la gloria, cuando el alma, purgada por completo, es arrebatada para morar con los seres santos a la diestra de la Majestad en las alturas. Pero, aunque el Espíritu de Dios es así el autor de la santificación, hay con todo un medio visible que se emplea, y que no ha de olvidarse. «Santifícalos», dijo Jesús, «en tu verdad: tu palabra es verdad.» Los pasajes de la Escritura que prueban que el instrumento de nuestra santificación es la Palabra de Dios son muchísimos. El Espíritu de Dios trae a nuestra mente los preceptos y las doctrinas de la verdad, y los aplica con poder. Estos se oyen en el oído y, recibidos en el corazón, obran en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad. La verdad es quien santifica, y si no oímos o leemos la verdad, no creceremos en la santificación. Solo progresamos en el vivir sano en la medida en que progresamos en el entender sano. «Lámpara es á mis pies tu palabra, y lumbrera á mi camino.» No digas de ningún error: «Es un mero asunto de opinión.» Ningún hombre acaricia un error de juicio sin tolerar, tarde o temprano, un error en la práctica. Retén la verdad, porque reteniendo así la verdad serás santificado por el Espíritu de Dios.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 24:4«El limpio de manos, y puro de corazón: el que no ha elevado su alma á la vanidad, ni jurado con engaño.»

La santidad práctica y exterior es una señal muy preciosa de la gracia. Es de temer que muchos profesantes han pervertido la doctrina de la justificación por la fe de tal modo que tratan las buenas obras con desprecio; si es así, recibirán desprecio eterno en el gran día postrero. Si nuestras manos no están limpias, lavémoslas en la sangre preciosa de Jesús, y levantemos así manos puras a Dios. Pero «limpio de manos» no bastará, a menos que vaya unido a «puro de corazón». La religión verdadera es obra del corazón. Podemos lavar lo de fuera del vaso y del plato cuanto nos plazca, pero si lo interior está sucio, somos del todo sucios a la vista de Dios, porque nuestro corazón es más verdaderamente nosotros mismos que nuestras manos; la vida misma de nuestro ser está en la naturaleza interior, y de ahí la necesidad imperiosa de la pureza de dentro. Los puros de corazón verán a Dios; todos los demás no son sino murciélagos ciegos.

El hombre nacido para el cielo «no ha elevado su alma á la vanidad». Todos los hombres tienen sus gozos, con los cuales su alma es elevada; el mundano eleva su alma en deleites carnales, que son meras vanidades vacías; pero el santo ama cosas más sustanciales; como Josafat, es elevado en los caminos del Señor. El que se contenta con algarrobas será contado con los puercos. ¿Te satisface el mundo? Entonces tienes tu recompensa y tu porción en esta vida; haz gran caso de ella, porque no conocerás otro gozo.

«ni jurado con engaño.» Los santos siguen siendo hombres de honor. La palabra del cristiano es su único juramento; pero esa vale tanto como veinte juramentos de otros hombres. El hablar falso cerrará a cualquier hombre la puerta del cielo, porque el mentiroso no entrará en la casa de Dios, sean cuales fueren sus profesiones o sus hechos. Lector, ¿te condena el texto que tenemos delante, o esperas subir al monte de Jehová?

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde