‹ Devocional

3 de julio

Mañana

Génesis 41:4«las vacas de fea vista y enjutas de carne devoraban á las siete vacas hermosas y muy gordas.»

El sueño de Faraón ha sido con demasiada frecuencia mi experiencia en la vigilia. Mis días de pereza han destruido de modo ruinoso todo cuanto yo había alcanzado en tiempos de diligencia celosa; mis temporadas de frialdad han helado todo el calor cordial de mis períodos de fervor y entusiasmo; y mis accesos de mundanalidad me han hecho retroceder de mis avances en la vida divina. Me es preciso guardarme de oraciones enjutas, de alabanzas enjutas, de deberes enjutos y de experiencias enjutas, porque estos devorarán la grosura de mi consuelo y de mi paz. Si descuido la oración por un tiempo, por breve que sea, pierdo toda la espiritualidad a la que había llegado; si no saco provisiones frescas del cielo, el grano viejo de mi granero pronto lo consume el hambre que se enfurece en mi alma. Cuando el revoltón de la indiferencia, el pulgón de la mundanalidad y la oruga de la autoindulgencia dejan mi corazón del todo desolado y hacen languidecer mi alma, de nada me sirve en absoluto toda mi anterior fecundidad y mi crecimiento en la gracia. ¡Cuán solícito debería yo estar de no tener días enjutos de carne, ni horas de fea vista! Si cada día caminara hacia la meta de mis deseos, pronto la alcanzaría; pero el retroceso me deja todavía lejos del premio de mi soberana vocación, y me roba los avances que tan laboriosamente había hecho. El único modo de que todos mis días sean como las «vacas hermosas y muy gordas» es apacentarlos en el prado debido, pasarlos con el Señor, en su servicio, en su compañía, en su temor y en su camino. ¿Por qué no habría de ser cada año más rico que el pasado, en amor, en utilidad y en gozo? Estoy más cerca de los collados celestiales, he tenido más experiencia de mi Señor, y debería serle más semejante. Oh Señor, guarda lejos de mí la maldición de la flaqueza del alma; que no tenga que clamar: «¡Mi flaqueza, mi flaqueza, ay de mí!», sino que sea yo bien alimentado y nutrido en tu casa, para que alabe tu nombre.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

2 Timoteo 2:12«Si sufrimos, también reinaremos con él»

No hemos de imaginar que sufrimos por Cristo, y con Cristo, si no estamos en Cristo. Amado amigo, ¿confías únicamente en Jesús? Si no, sea lo que sea lo que tengas que lamentar en la tierra, no estás «padeciendo con Cristo», y no tienes esperanza de reinar con él en el cielo. Tampoco hemos de concluir que todos los padecimientos de un cristiano son padecimientos con Cristo, porque es esencial que Dios lo llame a padecer. Si somos precipitados e imprudentes, y nos metemos corriendo en puestos para los cuales ni la providencia ni la gracia nos han dispuesto, debemos preguntarnos si no estamos pecando, más bien que teniendo comunión con Jesús. Si dejamos que la pasión ocupe el lugar del juicio, y que la voluntad propia reine en vez de la autoridad de la Escritura, pelearemos las batallas del Señor con las armas del diablo, y si nos cortamos los propios dedos no hemos de sorprendernos. Asimismo, en las aflicciones que nos vienen como resultado del pecado, no hemos de soñar que sufrimos con Cristo. Cuando María habló mal de Moisés, y la lepra la contaminó, ella no sufría por Dios. Además, el sufrimiento que Dios acepta ha de tener por fin la gloria de Dios. Si sufro para granjearme un nombre, o para ganar aplauso, no obtendré otra recompensa que la del fariseo. Es necesario también que el amor a Jesús, y el amor a sus escogidos, sea siempre el resorte principal de toda nuestra paciencia. Hemos de manifestar el Espíritu de Cristo en mansedumbre, benignidad y perdón. Escudriñemos y veamos si de veras sufrimos con Jesús. Y si así sufrimos, ¿qué es lo «leve de nuestra tribulación» comparado con reinar con él? ¡Oh!, es tan bienaventurado estar en el horno con Cristo, y tal honra estar en la picota con él, que, si no hubiera recompensa futura, podríamos tenernos por dichosos en la honra presente; pero, siendo la retribución tan eterna, tan infinitamente mayor de lo que teníamos derecho alguno a esperar, ¿no tomaremos la cruz con presteza, e iremos gozosos por nuestro camino?

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde