‹ Devocional

25 de junio

Mañana

Isaías 40:9«Súbete sobre un monte alto»

Nuestro conocimiento de Cristo es en algo semejante a escalar una de nuestras montañas de Gales. Cuando estás al pie, ves poco: el monte mismo parece tener apenas la mitad de la altura que realmente tiene. Confinado en un valle pequeño, apenas descubres otra cosa que los arroyos rumorosos, mientras descienden al torrente al pie del monte. Sube al primer altozano que se levanta, y el valle se alarga y se ensancha bajo tus pies. Sube más alto, y ves la comarca en cuatro o cinco millas a la redonda, y te deleitas con el panorama que se va abriendo. Sigue subiendo, y la escena se agranda; hasta que al fin, cuando estás en la cumbre, y miras al este, al oeste, al norte y al sur, ves casi toda Inglaterra tendida ante ti. Allá hay un bosque en algún condado lejano, quizá a doscientas millas, y aquí el mar, y allá un río que brilla y las chimeneas humeantes de una ciudad manufacturera, o los mástiles de los barcos en un puerto bullicioso. Todas estas cosas te agradan y te deleitan, y dices: «No habría podido imaginar que tanto pudiera verse desde esta altura.» Ahora bien, la vida cristiana es del mismo orden. Cuando primero creemos en Cristo, vemos poco de él. Cuanto más alto subimos, más descubrimos de sus bellezas. Pero ¿quién ha alcanzado jamás la cumbre? ¿Quién ha conocido todas las alturas y todas las profundidades del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento? Pablo, ya anciano, sentado y canoso, tiritando en un calabozo de Roma, podía decir con mayor énfasis que nosotros: «yo sé á quien he creído», pues cada experiencia había sido como escalar una colina, cada prueba había sido como ascender otra cumbre, y su muerte parecía como ganar la cima del monte, desde la cual podía ver toda la fidelidad y todo el amor de aquel a quien había encomendado su alma. Súbete, querido amigo, al monte alto.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Génesis 8:9«Y no halló la paloma donde sentar la planta de su pie»

Lector, ¿puedes hallar descanso fuera del arca, Cristo Jesús? Ten entonces por seguro que tu religión es vana. ¿Te satisface algo que no llegue a un conocimiento consciente de tu unión y de tu parte en Cristo? Entonces, ¡ay de ti! Si profesas ser cristiano, y con todo hallas satisfacción plena en los placeres y los afanes del mundo, tu profesión es falsa. Si tu alma puede tenderse a descansar, y halla la cama lo bastante larga, y el cobertor lo bastante ancho para cubrirla, en las cámaras del pecado, entonces eres un hipócrita, y estás muy lejos de todo pensamiento recto acerca de Cristo o de toda percepción de lo precioso que él es. Pero si, por otra parte, sientes que, aunque pudieras entregarte al pecado sin castigo, ello mismo sería un castigo; y que, si pudieras tener el mundo entero y permanecer en él para siempre, sería miseria bastante no ser apartado de él, porque tu Dios —tu Dios— es lo que tu alma ansía; entonces ten buen ánimo: eres hijo de Dios. Con todos tus pecados e imperfecciones, toma esto para tu consuelo: si tu alma no tiene descanso en el pecado, ¡no eres como es el pecador! Si todavía andas clamando por algo mejor, y ansiándolo, Cristo no te ha olvidado, porque tú no lo has olvidado del todo. El creyente no puede prescindir de su Señor; las palabras son inadecuadas para expresar lo que de él piensa. No podemos vivir sobre las arenas del desierto; queremos el maná que cae de lo alto; nuestros odres de confianza en la criatura no pueden darnos una gota de humedad, sino que bebemos de la roca que nos sigue, y esa roca es Cristo. Cuando de él te alimentas, tu alma puede cantar: «Él ha saciado de bien mi boca, de modo que mi juventud se renueva como la del águila», pero si no lo tienes, tu lagar que rebosa y tu granero bien lleno no pueden darte satisfacción de ninguna clase: antes bien, laméntate de ellos con las palabras de la sabiduría: «¡Vanidad de vanidades, todo vanidad!»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde