24 de junio
Mañana
Lucas 11:27-28«Y aconteció que diciendo estas cosas, una mujer de la compañía, levantando la voz, le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los pechos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan.»Algunos se imaginan ingenuamente que debió de entrañar privilegios muy especiales el haber sido la madre de nuestro Señor, porque suponían que ella tenía el beneficio de mirar dentro de su mismo corazón, de un modo en que nosotros no podemos esperar hacerlo. Puede haber una apariencia de plausibilidad en la suposición, pero no mucha. No sabemos que María supiera más que otros; lo que sí sabía, hizo bien en guardarlo en su corazón; pero no parece, por nada de cuanto leemos en los Evangelistas, haber sido una creyente mejor instruida que cualquier otro de los discípulos de Cristo. Todo lo que ella sabía, también nosotros podemos descubrirlo. ¿Te extraña que digamos así? He aquí un texto que lo prueba: «El secreto de Jehová es para los que le temen; y á ellos hará conocer su alianza.» Recuerda las palabras del Maestro: «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: mas os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os he hecho notorias.» Tan benditamente nos dice su corazón este divino Revelador de secretos, que nada retiene de lo que nos es provechoso; su propia seguridad es: «de otra manera os lo hubiera dicho.» ¿No se manifiesta él hoy a nosotros como no se manifiesta al mundo? Así es; y por tanto no clamaremos con ignorancia: «Bienaventurado el vientre que te trajo», sino que con inteligencia bendeciremos a Dios porque, habiendo oído la Palabra y habiéndola guardado, tenemos, en primer lugar, una comunión con el Salvador tan verdadera como la que tuvo la Virgen y, en segundo lugar, un conocimiento de los secretos de su corazón tan verdadero como el que pueda suponerse que ella alcanzó. ¡Feliz el alma así privilegiada!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Daniel 3:16, 18«Sadrach, Mesach, y Abed-nego respondieron y dijeron ... sepas, oh rey, que tu dios no adoraremos»El relato del valor varonil y de la liberación maravillosa de los tres santos niños, o más bien campeones, está bien calculado para despertar en la mente de los creyentes firmeza y constancia en sostener la verdad en los dientes mismos de la tiranía y en las fauces mismas de la muerte. Que los cristianos jóvenes aprendan especialmente de su ejemplo, tanto en materias de fe en la religión como en materias de rectitud en los negocios, a nunca sacrificar sus conciencias. Piérdelo todo antes que perder tu integridad, y cuando todo lo demás se haya ido, retén todavía con firmeza una conciencia limpia, como la joya más rara que puede adornar el pecho de un mortal. No te dejes guiar por el fuego fatuo de la conveniencia, sino por la estrella polar de la autoridad divina. Sigue lo recto a todo riesgo. Cuando no veas ventaja presente, anda por fe y no por vista. Haz a Dios el honor de confiar en él cuando se trate de pérdidas por causa del principio. ¡Mira si habrá de quedarte deudor! Mira si no confirma, aun en esta vida, su palabra de que «grande granjería es la piedad con contentamiento», y de que a quienes «buscan primeramente el reino de Dios y su justicia», «todas estas cosas les serán añadidas». Si aconteciere que, en la providencia de Dios, sales perdiendo por causa de la conciencia, hallarás que, si el Señor no te paga de vuelta en la plata de la prosperidad terrenal, saldará su promesa en el oro del gozo espiritual. Acuérdate de que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. Llevar un espíritu sin engaño, tener un corazón limpio de ofensa, tener el favor y la sonrisa de Dios, es mayor riqueza de la que podrían rendir las minas de Ofir, o ganar el comercio de Tiro. «Mejor es una comida de legumbres donde hay amor, que buey engordado con contienda interior.» Una onza de sosiego del corazón vale una tonelada de oro.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde