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16 de junio

Mañana

Juan 10:28«Y yo les doy vida eterna: y no perecerán para siempre»

El cristiano nunca debe pensar ni hablar a la ligera de la incredulidad. Que un hijo de Dios desconfíe de su amor, de su verdad, de su fidelidad, ha de desagradarle sobremanera. ¿Cómo habremos de contristarlo jamás dudando de su gracia sustentadora? ¡Cristiano! Es contrario a toda promesa de la preciosa Palabra de Dios que alguna vez seas olvidado o dejado para perecer. Si así pudiera ser, ¿cómo sería veraz aquel que ha dicho: «¿Olvidaráse la mujer de lo que parió, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque se olviden ellas, yo nunca me olvidaré de ti»? ¿Qué valor tendría aquella promesa: «los montes se moverán, y los collados temblarán; mas no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti»? ¿Dónde quedaría la verdad de las palabras de Cristo: «Yo doy a mis ovejas vida eterna; y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me [las] dió, mayor que todos es: y nadie [las] puede arrebatar de la mano de mi Padre»? ¿Dónde quedarían las doctrinas de la gracia? Todas quedarían desmentidas si un solo hijo de Dios hubiera de perecer. ¿Dónde quedarían la veracidad de Dios, su honra, su poder, su gracia, su pacto, su juramento, si alguno de aquellos por quienes Cristo ha muerto, y que han puesto su confianza en él, fuese no obstante desechado? Destierra esos temores de incredulidad que tanto deshonran a Dios. Levántate, sacúdete del polvo, y vístete tus hermosas vestiduras. Recuerda que es pecado dudar de su Palabra, en la cual te ha prometido que no perecerás para siempre. Deja que la vida eterna que hay en ti se exprese en un regocijo confiado.

El evangelio sostiene mi espíritu: un Dios fiel e inmutable pone el fundamento de mi esperanza en juramentos, promesas y sangre.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 27:1«JEHOVÁ es mi luz y mi salvación: ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida: ¿de quién he de atemorizarme?»

«JEHOVÁ es mi luz y mi salvación». Aquí hay un interés personal: «mi luz», «mi salvación»; el alma está cierta de ello y, por tanto, lo declara con denuedo. En el alma, en el nuevo nacimiento, se derrama luz divina como precursora de la salvación; donde no hay luz bastante para revelar nuestras propias tinieblas y hacernos anhelar al Señor Jesús, no hay evidencia de salvación. Después de la conversión, nuestro Dios es nuestro gozo, nuestro consuelo, nuestro guía, nuestro maestro y, en todo sentido, nuestra luz: él es luz por dentro, luz en derredor, luz que se refleja desde nosotros, y luz que ha de sernos revelada. Advierte: no se dice meramente que el Señor da luz, sino que él es luz; ni que da salvación, sino que él es salvación. Quien, pues, por la fe se ha asido de Dios, tiene en su posesión todas las bendiciones del pacto. Asegurado esto como un hecho, el argumento que de ello se saca se pone en forma de pregunta: «¿de quién temeré?». Pregunta que es su propia respuesta. Las potestades de las tinieblas no han de ser temidas, porque el Señor, nuestra luz, las destruye; y la condenación del infierno no ha de ser temida por nosotros, porque el Señor es nuestra salvación. Este reto es muy distinto del que lanzó el jactancioso Goliat, pues no descansa en el vigor engreído de un brazo de carne, sino en el poder verdadero del YO SOY omnipotente. «Jehová es la fortaleza de mi vida». He aquí un tercer epíteto encendido, para mostrar que la esperanza del escritor estaba amarrada con un cordón de tres dobleces que no podía romperse. Bien podemos acumular términos de alabanza allí donde el Señor prodiga hechos de gracia. Nuestra vida deriva toda su fortaleza de Dios; y si él se digna hacernos fuertes, no podremos ser debilitados por todas las maquinaciones del adversario. «¿de quién he de atemorizarme?». La pregunta audaz mira al porvenir tanto como al presente. «Si Dios por nosotros», ¿quién podrá estar contra nosotros, ahora o en el tiempo por venir?

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde