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11 de junio

Mañana

1 Juan 4:19«Nosotros le amamos á él, porque él nos amó primero.»

No hay luz en el planeta sino la que procede del sol; y no hay verdadero amor a Jesús en el corazón sino el que viene del Señor Jesús mismo. De esta fuente rebosante del amor infinito de Dios ha de brotar todo nuestro amor a Dios. Esta ha de ser siempre una verdad grande y cierta: que lo amamos por ninguna otra razón sino porque él nos amó primero. Nuestro amor a él es el hermoso vástago de su amor a nosotros. Fría admiración, al estudiar las obras de Dios, cualquiera puede tenerla; pero el calor del amor solo puede encenderse en el corazón por el Espíritu de Dios. ¡Cuán grande maravilla que seres como nosotros hayamos sido traídos siquiera a amar a Jesús! ¡Qué portentoso que, cuando nos habíamos rebelado contra él, procurara, con una demostración de amor tan asombroso, atraernos de nuevo! ¡No! Jamás habríamos tenido un grano de amor hacia Dios si no hubiera sido sembrado en nosotros por la dulce semilla de su amor a nosotros. El amor, pues, tiene por padre el amor de Dios derramado en el corazón; pero, después de nacer así divinamente, ha de ser divinamente nutrido. El amor es una planta exótica; no es una planta que florezca de modo natural en suelo humano: ha de ser regada desde arriba. El amor a Jesús es una flor de naturaleza delicada, y si no recibiera otro nutrimento que el que pudiera sacarse de la roca de nuestros corazones, pronto se marchitaría. Así como el amor viene del cielo, así ha de alimentarse de pan celestial. No puede existir en el desierto, a menos que lo alimente el maná de lo alto. El amor ha de alimentarse de amor. El alma misma y la vida de nuestro amor a Dios es su amor a nosotros.

Te amo, Señor, mas no con amor mío, pues no tengo ninguno que dar; te amo, Señor; mas todo el amor es tuyo, pues por tu amor yo vivo. Soy como nada, y me gozo en ser vaciado, y perdido, y anegado en ti.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 76:3«Allí quebró las saetas del arco, el escudo, y la espada, y [tren] de guerra.»

El grito glorioso de nuestro Redentor, «Consumado es», fue el toque de muerte de todos los adversarios de su pueblo: el quebrantamiento de «las saetas del arco, el escudo, y la espada, y [tren] de guerra». He aquí al héroe del Gólgota. Usa su cruz como yunque y sus dolores como martillo; hace añicos haz tras haz de nuestros pecados, aquellas «saetas del arco» envenenadas; huella todo pliego de acusación y destruye toda acusación. ¡Qué golpes gloriosos da el poderoso Rompedor con un martillo mucho más pesado que el arma fabulosa de Thor! ¡Cómo saltan hechos pedazos los dardos diabólicos, y cómo se rompen los broqueles infernales como vasos de alfarero! He aquí que saca de su vaina, de hechura infernal, la espada temible del poder satánico. La troncha sobre la rodilla, como un hombre quiebra la leña seca de un haz, y la arroja al fuego. Amados, ningún pecado de un creyente puede ser ya saeta que lo hiera de muerte, ninguna condenación puede ser ya espada que lo mate, porque el castigo de nuestro pecado lo llevó Cristo, y nuestro bendito Sustituto y Fiador hizo plena expiación por todas nuestras iniquidades. ¿Quién acusa ahora? ¿Quién condena ahora? Cristo ha muerto; más aún, ha resucitado. Jesús ha vaciado las aljabas del infierno, ha apagado todo dardo de fuego y ha quebrado la punta de toda saeta de ira; el suelo está sembrado de las astillas y los restos de las armas de la guerra del infierno, que solo nos son visibles para recordarnos nuestro peligro de antes y nuestra gran liberación. El pecado ya no se enseñorea de nosotros. Jesús le ha puesto fin, y lo ha quitado para siempre. «Oh enemigo, acabados son para siempre los asolamientos.» Hablen de todas las obras maravillosas del Señor, ustedes que hacen mención de su nombre; no callen, ni de día ni cuando el sol se va a su reposo. «BENDICE, alma mía, á Jehová.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde