10 de junio
Mañana
Romanos 14:8«si vivimos, para el Señor vivimos»Si Dios lo hubiera querido, cada uno de nosotros podría haber entrado en el cielo en el momento de la conversión. No era absolutamente necesario, para nuestra preparación para la inmortalidad, que nos demoráramos aquí. Es posible que un hombre sea llevado al cielo, y que se le halle apto para participar de la herencia de los santos en luz, aunque apenas acaba de creer en Jesús. Es verdad que nuestra santificación es un proceso largo y continuado, y no seremos perfeccionados hasta que dejemos nuestros cuerpos y entremos dentro del velo; pero, no obstante, si el Señor así lo hubiera querido, podría habernos cambiado de la imperfección a la perfección, y habernos llevado al cielo de una vez. ¿Por qué, pues, estamos aquí? ¿Retendría Dios a sus hijos fuera del paraíso un solo momento más de lo necesario? ¿Por qué sigue el ejército del Dios vivo en el campo de batalla, cuando una sola carga podría darles la victoria? ¿Por qué siguen sus hijos vagando de aquí para allá por un laberinto, cuando una sola palabra de sus labios los traería al centro de sus esperanzas en el cielo? La respuesta es: están aquí para vivir «para el Señor», y para traer a otros a conocer su amor. Permanecemos en la tierra como sembradores, para esparcir buena semilla; como labradores, para romper el barbecho; como heraldos que proclaman la salvación. Estamos aquí como la «sal de la tierra», para ser bendición al mundo. Estamos aquí para glorificar a Cristo en nuestra vida diaria. Estamos aquí como obreros suyos, y como «ayudadores juntamente [con él]». Veamos que nuestra vida responda a su fin. Vivamos vidas fervientes, útiles y santas, para «alabanza de la gloria de su gracia». Entretanto anhelamos estar con él, y cada día cantamos—
Mi corazón está con él en su trono, y mal soporta la demora; a cada instante escucha la voz: «Levántate, y vente.»
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Juan 5:39«ellas son las que dan testimonio de mí»Jesucristo es el Alfa y la Omega de la Biblia. Él es el tema constante de sus páginas sagradas; de la primera a la última dan testimonio de él. En la creación lo discernimos enseguida como uno de la Trinidad sagrada; lo vislumbramos en la promesa de la simiente de la mujer; lo vemos tipificado en el arca de Noé; caminamos con Abraham, mientras él ve el día del Mesías; moramos en las tiendas de Isaac y de Jacob, alimentándonos de la promesa llena de gracia; oímos al venerable Israel hablar de Shiloh; y en los numerosos tipos de la ley hallamos al Redentor abundantemente prefigurado. Profetas y reyes, sacerdotes y predicadores, todos miran hacia un mismo lado: todos están como estaban los querubines sobre el arca, deseando mirar adentro y leer el misterio de la gran propiciación de Dios. Aún más manifiestamente, en el Nuevo Testamento hallamos a nuestro Señor como el único tema que todo lo penetra. No es un lingote aquí y allá, ni polvo de oro tenuemente esparcido, sino que aquí estás sobre un suelo sólido de oro; porque toda la sustancia del Nuevo Testamento es Jesús crucificado, y hasta su frase final está enjoyada con el nombre del Redentor. Siempre debemos leer la Escritura a esta luz; debemos considerar la palabra como un espejo en el que Cristo mira desde el cielo; y entonces nosotros, al mirar en él, vemos su rostro reflejado como en un espejo—en oscuridad, es verdad, pero aun así de tal modo que es una preparación bienaventurada para verlo como lo veremos cara a cara. Este volumen contiene las cartas de Jesucristo para nosotros, perfumadas por su amor. Estas páginas son las vestiduras de nuestro Rey, y todas huelen a mirra, áloe y casia. La Escritura es la carroza real en la que Jesús cabalga, y está enlosada de amor para las hijas de Jerusalén. Las Escrituras son los pañales del santo niño Jesús; desenróllalos y hallarás a tu Salvador. La quintaesencia de la palabra de Dios es Cristo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde