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5 de junio

Mañana

Génesis 7:16«y Jehová le cerró [la puerta].»

Noé fue encerrado, apartado de todo el mundo, por la mano del amor divino. La puerta del propósito de elección se interpone entre nosotros y el mundo que yace en el Maligno. No somos del mundo, como tampoco nuestro Señor Jesús era del mundo. En el pecado, el jolgorio y los afanes de la multitud no podemos entrar; no podemos jugar en las calles de la Feria de la Vanidad con los hijos de las tinieblas, porque nuestro Padre celestial nos ha encerrado. Noé fue encerrado con su Dios. «Entra tú en el arca» fue la invitación del Señor, por la cual mostró con claridad que él mismo pensaba habitar en el arca con su siervo y con su familia. Así todos los escogidos habitan en Dios, y Dios en ellos. ¡Pueblo dichoso, encerrado en el mismo círculo que contiene a Dios en la Trinidad de sus personas: Padre, Hijo y Espíritu! Nunca seamos desatentos a aquel llamamiento de gracia: «Anda, pueblo mío, éntrate en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la ira.» Noé quedó tan encerrado que ningún mal podía alcanzarlo. Los diluvios no hacían sino alzarlo hacia el cielo, y los vientos no hacían sino impulsarlo en su camino. Fuera del arca todo era ruina, pero dentro todo era reposo y paz. Sin Cristo perecemos, pero en Cristo Jesús hay perfecta seguridad. Noé quedó tan encerrado que ni siquiera podía desear salir, y los que están en Cristo Jesús están en él para siempre. No saldrán jamás otra vez, porque la fidelidad eterna los ha encerrado, y la malicia infernal no puede arrancarlos fuera. El Príncipe de la casa de David cierra, y ninguno abre; y cuando una vez, en los días postreros, como Amo de la casa se levante y cierre la puerta, en vano será que los meros profesantes llamen y clamen: «Señor, Señor, ábrenos», porque esa misma puerta que encierra dentro a las vírgenes prudentes dejará fuera a las fatuas para siempre. Señor, enciérrame por tu gracia.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

1 Juan 4:8«El que no ama, no conoce á Dios»

La marca distintiva del cristiano es su confianza en el amor de Cristo, y la entrega de sus afectos a Cristo en retorno. Primero, la fe pone su sello sobre el hombre, al capacitar al alma para decir con el apóstol: «me amó, y se entregó á sí mismo por mí». Luego el amor da la contraseña, y estampa en el corazón gratitud y amor a Jesús en respuesta. «Nosotros le amamos á él, porque él nos amó primero.» En aquellas grandes edades antiguas, que son el período heroico de la religión cristiana, esta doble marca se veía con claridad en todos los creyentes en Jesús; eran hombres que conocían el amor de Cristo, y descansaban en él como se apoya un hombre en un báculo cuya firmeza ha probado. El amor que sentían hacia el Señor no era una emoción quieta que escondieran dentro de sí, en la cámara secreta de sus almas, y de la cual solo hablaran en sus reuniones privadas, cuando se juntaban el primer día de la semana y cantaban himnos en honor de Cristo Jesús el crucificado, sino que era en ellos una pasión de una energía tan vehemente y que todo lo consumía, que se veía en todas sus acciones, hablaba en su conversación común, y asomaba por sus ojos aun en sus miradas más ordinarias. El amor a Jesús era una llama que se alimentaba de la médula y del corazón de su ser; y por eso, por su propia fuerza, se abría paso a fuego hasta el hombre exterior, y allí resplandecía. El celo por la gloria del Rey Jesús era el sello y la marca de todos los cristianos genuinos. Por su dependencia del amor de Cristo, osaban mucho, y por su amor a Cristo, hacían mucho; y lo mismo es ahora. Los hijos de Dios son regidos en sus potencias más íntimas por el amor: el amor de Cristo los constriñe; se gozan de que el amor divino esté puesto sobre ellos, lo sienten derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que les es dado, y luego, por fuerza de la gratitud, aman al Salvador con corazón puro, fervientemente. Lector mío, ¿lo amas tú? ¡Antes de que duermas, da una respuesta honesta a una pregunta de peso!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde