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28 de mayo

Mañana

Romanos 8:30«á los que justificó, á éstos también glorificó»

Aquí hay una verdad preciosa para ti, creyente. Puedes ser pobre, o estar en sufrimiento, o ser desconocido, pero para tu aliento haz un repaso de tu «llamamiento» y de las consecuencias que de él fluyen, y en especial de aquel resultado bendito de que aquí se habla. Tan cierto como que hoy eres hijo de Dios, así de cierto todas tus pruebas pronto tendrán fin, y serás rico para todos los fines de la dicha. Espera un poco, y aquella cabeza cansada llevará la corona de gloria, y aquella mano de labor asirá el ramo de palma de la victoria. No lamentes tus tribulaciones, sino más bien gózate de que dentro de poco estarás donde «no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor». Los carros de fuego están a tu puerta, y un momento bastará para llevarte a los glorificados. El cántico eterno está casi en tus labios. Los portales del cielo están abiertos para ti. No pienses que puedes fracasar en entrar en el reposo. Si él te ha llamado, nada puede separarte de su amor. La angustia no puede cortar el vínculo; el fuego de la persecución no puede quemar el eslabón; el martillo del infierno no puede romper la cadena. Estás seguro; aquella voz que te llamó al principio te llamará aún otra vez de la tierra al cielo, de la oscura lobreguez de la muerte a los esplendores indecibles de la inmortalidad. Ten por seguro que el corazón de aquel que te ha justificado late con amor infinito hacia ti. Pronto estarás con los glorificados, donde está tu porción; solo estás esperando aquí a ser hecho apto para la heredad, y hecho esto, las alas de los ángeles te llevarán lejos, al monte de la paz, y del gozo, y de la bienaventuranza, donde,

Lejos de un mundo de dolor y pecado, con Dios eternamente encerrado,

descansarás por los siglos de los siglos.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Lamentaciones 3:21«Esto reduciré á mi corazón, por lo cual esperaré.»

La memoria es con frecuencia la esclava del desaliento. Las mentes desesperadas traen al recuerdo todo presagio oscuro del pasado, y se explayan sobre cada rasgo sombrío del presente; así la memoria, vestida de cilicio, presenta a la mente una copa de hiel y ajenjo mezclados. No hay, sin embargo, necesidad de esto. La sabiduría puede transformar fácilmente la memoria en un ángel de consuelo. Aquel mismo recuerdo que en su mano izquierda trae tantos presagios sombríos puede ser adiestrado para llevar en la derecha una riqueza de señales de esperanza. Ella no necesita llevar una corona de hierro; puede ceñir su frente con una cinta de oro, toda sembrada de estrellas. Así fue en la experiencia de Jeremías: en el versículo anterior la memoria lo había llevado a profunda humillación de alma: «Tendrálo aún en memoria mi alma, porque en mí está humillada.» Y ahora esta misma memoria lo restauró a la vida y al consuelo. «Esto reduciré á mi corazón, por lo cual esperaré.» Como espada de dos filos, su memoria mató primero su orgullo con un filo, y luego dio muerte a su desesperación con el otro. Como principio general, si ejercitáramos nuestras memorias con más sabiduría, podríamos, en nuestra angustia más oscura, prender un fósforo que al instante encendiera la lámpara del consuelo. No hay necesidad de que Dios cree una cosa nueva sobre la tierra para devolver a los creyentes el gozo; si con oración rastrillaran las cenizas del pasado, hallarían luz para el presente; y si se volvieran al libro de la verdad y al trono de la gracia, su candela pronto brillaría como en otro tiempo. Sea nuestro recordar la misericordia del Señor y repasar sus hechos de gracia. Abramos el volumen del recuerdo, tan ricamente iluminado con memoriales de misericordia, y pronto seremos felices. Así la memoria puede ser, como la llama Coleridge, «el manantial del gozo en el seno», y cuando el Consolador divino la dobla a su servicio, puede ser la principal entre los consoladores de la tierra.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde