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19 de mayo

Mañana

Eclesiastés 10:7«Vi siervos en caballos, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra.»

Los advenedizos usurpan con frecuencia los puestos más altos, mientras los verdaderamente grandes languidecen en la oscuridad. Este es un enigma de la providencia cuya solución alegrará un día los corazones de los rectos; pero es un hecho tan común, que ninguno de nosotros ha de murmurar si a nosotros nos toca en suerte. Cuando nuestro Señor estuvo sobre la tierra, aunque es el Príncipe de los reyes de la tierra, sin embargo anduvo el sendero del cansancio y del servicio como el Siervo de los siervos: ¿qué maravilla es que sus seguidores, que son príncipes de la sangre, sean también mirados con desdén como personas inferiores y despreciables? El mundo está al revés y, por tanto, los primeros son postreros y los postreros primeros. ¡Mira cómo los hijos serviles de Satanás se enseñorean en la tierra! ¡Qué alto caballo montan! ¡Cómo levantan en alto su cuerno! Amán está en la corte, mientras Mardoqueo se sienta a la puerta; David anda errante por los montes, mientras Saúl reina con pompa; Elías se queja en la cueva, mientras Jezabel se jacta en el palacio; y con todo, ¿quién querría ocupar el lugar de los rebeldes soberbios? y ¿quién, por otra parte, no envidiaría a los santos despreciados? Cuando la rueda gira, los que están más abajo suben, y los más altos se hunden. Paciencia, pues, creyente: la eternidad enderezará los agravios del tiempo.

No caigamos en el error de dejar que nuestras pasiones y nuestros apetitos carnales cabalguen en triunfo, mientras nuestras potencias más nobles andan en el polvo. La gracia ha de reinar como príncipe, y hacer de los miembros del cuerpo instrumentos de justicia. El Espíritu Santo ama el orden y, por eso, pone nuestras potencias y facultades en el rango y el lugar que les corresponden, dando el sitio más alto a aquellas facultades espirituales que nos enlazan con el gran Rey; no perturbemos la disposición divina, sino pidamos gracia para sojuzgar nuestro cuerpo y reducirlo a servidumbre. No fuimos creados de nuevo para permitir que nuestras pasiones se enseñorearan de nosotros, sino para que nosotros, como reyes, reinemos en Cristo Jesús sobre el triple reino del espíritu, del alma y del cuerpo, para gloria de Dios Padre.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

1 Reyes 19:4«deseando morirse»

Fue cosa notable que el hombre que nunca había de morir, para quien Dios había ordenado una suerte infinitamente mejor, el hombre que había de ser llevado al cielo en un carro de fuego, y ser trasladado para no ver muerte, orara así: «Déjame morir, no soy mejor que mis padres.» Tenemos aquí una prueba memorable de que Dios no siempre responde la oración en la misma especie que se pide, aunque siempre la responde en el efecto. Dio a Elías algo mejor de lo que pidió, y así de veras lo oyó y le respondió. Extraño fue que Elías, de corazón de león, quedara tan abatido por la amenaza de Jezabel como para pedir la muerte; y fue bondad bienaventurada, de parte de nuestro Padre celestial, que no tomara al pie de la letra a su siervo desalentado. Hay un límite a la doctrina de la oración de fe. No hemos de esperar que Dios nos dé todo lo que escojamos pedir. Sabemos que a veces pedimos y no recibimos, porque pedimos mal. Si pedimos aquello que no está prometido; si vamos contra el espíritu que el Señor quiere que cultivemos; si pedimos contrario a su voluntad, o a los decretos de su providencia; si pedimos meramente para gratificar nuestra propia comodidad, y sin poner la mira en su gloria, no hemos de esperar que recibiremos. Con todo, cuando pedimos con fe, sin dudar nada, si no recibimos precisamente la cosa pedida, recibiremos un equivalente, y más que un equivalente, a cambio de ella. Como observa alguien: «Si el Señor no paga en plata, pagará en oro; y si no paga en oro, pagará en diamantes.» Si no te da precisamente lo que pides, te dará lo que equivale a ello, y aquello que te gozarás mucho en recibir en su lugar. Sé, pues, querido lector, muy dado a la oración, y haz de esta tarde un tiempo de intercesión ferviente, pero mira bien lo que pides.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde