4 de mayo
Mañana
Jeremías 16:20«¿Ha de hacer el hombre dioses para sí? mas ellos no son dioses.»Un gran pecado que asediaba al antiguo Israel era la idolatría, y el Israel espiritual se ve aquejado de una tendencia a la misma necedad. La estrella de Remphan ya no brilla, y las mujeres ya no lloran a Tamuz; pero Mammón todavía entromete su becerro de oro, y los santuarios del orgullo no son abandonados. El yo, en diversas formas, lucha por someter a los escogidos bajo su dominio, y la carne levanta sus altares dondequiera que halla espacio para ellos. Los hijos predilectos son a menudo causa de mucho pecado en los creyentes; el Señor se aflige cuando nos ve que los amamos con exceso, fuera de toda medida; vivirán para llegar a ser para nosotros una maldición tan grande como Absalón lo fue para David, o nos serán quitados para dejar nuestros hogares desolados. Si los cristianos desean cultivar espinas con que rellenar sus almohadas insomnes, que amen con ceguera a sus seres queridos.
Con verdad se dice que «ellos no son dioses», porque los objetos de nuestro amor necio son bendiciones muy dudosas; el consuelo que ahora nos rinden es peligroso, y la ayuda que pueden darnos en la hora de la tribulación es bien poca. ¿Por qué, pues, estamos tan hechizados con las vanidades? Compadecemos a los pobres paganos que adoran a un dios de piedra, y sin embargo adoramos a un dios de oro. ¿Dónde está la vasta superioridad entre un dios de carne y uno de madera? El principio, el pecado, la necedad, es el mismo en uno y otro caso; solo que en el nuestro el crimen es más agravado, porque tenemos más luz, y pecamos de cara a ella. El pagano se inclina ante una falsa deidad, pero al Dios verdadero nunca lo ha conocido; nosotros cometemos dos males, por cuanto dejamos al Dios vivo y nos volvemos a los ídolos. ¡Purgue el Señor a todos nosotros de esta grave iniquidad!
El ídolo más querido que he conocido, sea cual fuere ese ídolo; ayúdame a arrancarlo de tu trono, y a adorar solamente a ti.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
1 Pedro 1:23«Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible»Pedro exhortó con el mayor empeño a los santos dispersos a amarse unos a otros «entrañablemente de corazón puro», y con sabiduría fue a buscar su argumento, no en la ley, ni en la naturaleza, ni en la filosofía, sino en esa naturaleza alta y divina que Dios ha implantado en su pueblo. Así como algún preceptor juicioso de príncipes se esforzaría por engendrar y fomentar en ellos un espíritu real y un porte digno, hallando argumentos en su posición y su linaje, así también, mirando al pueblo de Dios como herederos de la gloria, príncipes de sangre real, descendientes del Rey de reyes, la aristocracia más verdadera y más antigua de la tierra, Pedro les dice: «Miren que se amen unos a otros, por su noble nacimiento, siendo renacidos de simiente incorruptible; por su linaje, por descender de Dios, el Creador de todas las cosas; y por su destino inmortal, porque nunca pasarán, aunque la gloria de la carne se marchite, y aun su existencia cese.» Bien nos iría si, con espíritu de humildad, reconociéramos la verdadera dignidad de nuestra naturaleza regenerada, y viviéramos a la altura de ella. ¿Qué es un cristiano? Si lo comparas con un rey, él añade santidad sacerdotal a la dignidad real. La realeza del rey a menudo reside solo en su corona, pero en el cristiano está infundida en su naturaleza más íntima. Está tan por encima de sus semejantes por su nuevo nacimiento, como el hombre está por encima de la bestia que perece. Ciertamente debe portarse, en todos sus tratos, como quien no es de la multitud, sino escogido de entre el mundo, distinguido por la gracia soberana, escrito entre el «pueblo adquirido», y que por tanto no puede arrastrarse en el polvo como los demás, ni vivir a la manera de los ciudadanos del mundo. Que la dignidad de su naturaleza, y el resplandor de sus perspectivas, oh creyentes en Cristo, los constriñan a adherirse a la santidad, y a evitar aun la apariencia misma del mal.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde