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26 de abril

Mañana

1 Corintios 11:24«haced esto en memoria de mí.»

¡Parece, pues, que los cristianos pueden olvidar a Cristo! No haría falta esta exhortación amorosa si no hubiera una suposición temible de que nuestras memorias pudieran resultar traidoras. Ni es esta una suposición desnuda: está, ¡ay!, demasiado bien confirmada en nuestra experiencia, no como posibilidad, sino como hecho lamentable. Parece casi imposible que quienes han sido redimidos por la sangre del Cordero que moría, y amados con amor eterno por el Hijo eterno de Dios, olviden a aquel Salvador lleno de gracia; pero, si sobresalta al oído, es, ¡ay!, demasiado aparente al ojo para permitirnos negar el crimen. ¡Olvidar a aquel que nunca nos olvidó! ¡Olvidar a aquel que derramó su sangre por nuestros pecados! ¡Olvidar a aquel que nos amó hasta la muerte! ¿Puede ser posible? Sí: no solo es posible, sino que la conciencia confiesa que es falta demasiado triste de todos nosotros el que suframos que él sea como un caminante que se detiene solo por una noche. Aquel a quien debiéramos hacer morador permanente de nuestras memorias no es en ellas sino un visitante. La cruz, donde uno pensaría que la memoria se detendría y el olvido sería un intruso desconocido, es profanada por los pies del olvido. ¿No dice su conciencia que esto es verdad? ¿No se hallan ustedes olvidadizos de Jesús? Alguna criatura les hurta el corazón, y están desmemoriados de aquel en quien debiera estar puesto su afecto. Algún negocio terrenal absorbe su atención cuando debieran fijar el ojo con firmeza en la cruz. Es el tumulto incesante del mundo, la atracción constante de las cosas terrenales, lo que aparta el alma de Cristo. Mientras la memoria conserva demasiado bien una hierba venenosa, deja que la rosa de Sarón se marchite. Impongámonos la tarea de atar un nomeolvides celestial en torno a nuestros corazones por Jesús nuestro Amado y, sea lo que sea lo demás que dejemos escapar, retengámoslo a él.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Apocalipsis 16:15«Bienaventurado el que vela»

«Cada día muero», dijo el apóstol. Esta era la vida de los primeros cristianos; iban a todas partes con la vida en las manos. No somos llamados en este día a pasar por las mismas persecuciones temibles: si lo fuéramos, el Señor nos daría gracia para sobrellevar la prueba; pero las pruebas de la vida cristiana, en el momento presente, aunque por fuera no son tan terribles, son con todo más capaces de vencernos que aun las de la edad de fuego. Hemos de sobrellevar el escarnio del mundo: eso es poco; sus halagos, sus palabras blandas, sus discursos aceitosos, su zalamería, su hipocresía, son mucho peores. Nuestro peligro está en que nos hagamos ricos y nos volvamos soberbios, en que nos entreguemos a las modas de este presente siglo malo y perdamos nuestra fe. O si la riqueza no es la prueba, el cuidado mundano es igualmente dañino. Si no podemos ser despedazados por el león que ruge, y sí podemos ser abrazados hasta la muerte por el oso, poco le importa al diablo cuál sea, con tal que destruya nuestro amor a Cristo y nuestra confianza en él. Temo que la iglesia cristiana es mucho más propensa a perder su integridad en estos días blandos y de seda que en aquellos tiempos más ásperos. Hemos de estar despiertos ahora, porque atravesamos el suelo encantado, y es muy probable que nos durmamos para nuestra propia ruina, a menos que nuestra fe en Jesús sea una realidad y nuestro amor a Jesús una llama vehemente. Muchos en estos días de profesión fácil es probable que resulten cizaña, y no trigo; hipócritas con máscaras hermosas en el rostro, pero no los hijos verdaderos del Dios viviente. Cristiano, no pienses que estos son tiempos en que puedes prescindir de la vigilancia o del ardor santo; necesitas estas cosas más que nunca, y que Dios el Espíritu eterno despliegue su omnipotencia en ti, para que puedas decir, en todas estas cosas más blandas, lo mismo que en las más ásperas: «hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde