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23 de abril

Mañana

Romanos 8:37«Antes, en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó.»

Vamos a Cristo por perdón, y luego con demasiada frecuencia miramos a la ley por poder para pelear contra nuestros pecados. Pablo nos reprende así: «¡Oh Gálatas insensatos! ¿quién os fascinó, para no obedecer á la verdad? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, ó por el oir de la fe? ¿Tan necios sois? ¿habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne?» Lleva tus pecados a la cruz de Cristo, porque el viejo hombre solo puede ser crucificado allí: somos crucificados con él. La única arma con que pelear contra el pecado es la lanza que traspasó el costado de Jesús. Para dar una ilustración: quieres vencer un temperamento airado; ¿cómo te pones a la obra? Es muy posible que nunca hayas probado el modo recto de ir a Jesús con él. ¿Cómo obtuve la salvación? Vine a Jesús tal como estaba, y confié en que él me salvara. He de matar mi temperamento airado del mismo modo. Es el único modo en que jamás podré matarlo. He de ir a la cruz con él, y decir a Jesús: «Señor, confío en ti para que me libres de él.» Este es el único modo de darle un golpe de muerte. ¿Eres avaro? ¿Sientes que el mundo te enreda? Puedes forcejear contra este mal cuanto quieras, pero si es el pecado que te asedia, nunca serás librado de él de ningún modo sino por la sangre de Jesús. Llévalo a Cristo. Dile: «Señor, he confiado en ti, y tu nombre es Jesús, porque tú salvas a tu pueblo de sus pecados: Señor, este es uno de mis pecados; ¡sálvame de él!» Las ordenanzas no son nada sin Cristo como medio de mortificación. Tus oraciones, y tus arrepentimientos, y tus lágrimas —todos ellos juntos— no valen nada aparte de él. «Nadie sino Jesús puede hacer bien a pecadores desvalidos»; ni tampoco a santos desvalidos. Has de ser vencedor por medio de aquel que te ha amado, si es que has de ser vencedor. Nuestros laureles han de crecer entre sus olivos en Getsemaní.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Apocalipsis 5:6«he aquí en medio del trono ... estaba un Cordero como inmolado»

¿Por qué habría de aparecer nuestro Señor exaltado con sus heridas en la gloria? Las heridas de Jesús son sus glorias, sus joyas, sus ornamentos sagrados. Al ojo del creyente, Jesús es sobremanera hermoso porque es «blanco y rubio»: blanco de inocencia, y rubio de su propia sangre. Lo vemos como el lirio de pureza sin igual, y como la rosa enrojecida con su propia sangre. Cristo es amable en el Olivete y en el Tabor, y junto al mar, pero ¡oh!, nunca hubo un Cristo tan sin igual como el que colgó de la cruz. Allí contemplamos todas sus bellezas en perfección, todos sus atributos desarrollados, todo su amor desplegado, todo su carácter expresado. Amados, las heridas de Jesús son mucho más hermosas a nuestros ojos que todo el esplendor y la pompa de los reyes. La corona de espinas es más que una diadema imperial. Es verdad que no lleva ahora el cetro de caña, pero hubo en él una gloria que nunca relampagueó de cetro de oro. Jesús lleva la apariencia de un Cordero inmolado como su traje de corte, con el cual cortejó nuestras almas y las redimió por su expiación completa. Ni son estos solo los ornamentos de Cristo: son los trofeos de su amor y de su victoria. Con los fuertes repartió despojos. Ha redimido para sí una gran compañía, la cual ninguno podía contar, y estas cicatrices son los memoriales de la pelea. ¡Ah!, si Cristo ama así retener el recuerdo de sus sufrimientos por su pueblo, ¡cuán preciosas debieran ser para nosotros sus heridas!

Mira cómo cada herida suya destila un bálsamo precioso, que sana las cicatrices que el pecado hizo y cura todos los males mortales.

Esas heridas son bocas que predican su gracia; las enseñas de su amor; los sellos de nuestra dicha esperada en el paraíso de arriba.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde