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18 de abril

Mañana

Josué 2:21«ella ató el cordón de grana á la ventana.»

Rahab dependía, para su preservación, de la promesa de los espías, a quienes miraba como los representantes del Dios de Israel. Su fe era sencilla y firme, pero era muy obediente. Atar el cordón de grana en la ventana era en sí un acto muy trivial, pero no se atrevió a correr el riesgo de omitirlo. Ven, alma mía, ¿no hay aquí una lección para ti? ¿Has estado atenta a toda la voluntad de tu Señor, aunque algunos de sus mandamientos parezcan no esenciales? ¿Has observado, a su propio modo, las dos ordenanzas del bautismo de los creyentes y de la Cena del Señor? Descuidarlas arguye mucha desobediencia sin amor en tu corazón. Sé de aquí en adelante irreprensible en todas las cosas, hasta en el atar un hilo, si eso es materia de mandamiento.

Este acto de Rahab presenta una lección aún más solemne. ¿He confiado implícitamente en la sangre preciosa de Jesús? ¿He atado el cordón de grana, como con un nudo gordiano, en mi ventana, de modo que mi confianza nunca pueda ser quitada? ¿O puedo mirar hacia el mar Muerto de mis pecados, o la Jerusalén de mis esperanzas, sin ver la sangre, y sin ver todas las cosas en conexión con su poder bendito? El que pasa puede ver un cordón de color tan conspicuo, si cuelga de la ventana: me irá bien si mi vida hace conspicua a todos los que miran la eficacia de la expiación. ¿De qué hay que avergonzarse? Miren los hombres o los demonios, si quieren: la sangre es mi jactancia y mi cántico. Alma mía, hay Uno que verá aquel cordón de grana, aun cuando por debilidad de la fe tú no puedas verlo; Jehová, el Vengador, lo verá y pasará de ti. Los muros de Jericó cayeron tendidos; la casa de Rahab estaba sobre el muro, y con todo quedó inconmovible. Mi naturaleza está edificada en el muro de la humanidad, y con todo, cuando la destrucción hiera a la raza, estaré seguro. Alma mía, ata de nuevo el hilo de grana en la ventana, y descansa en paz.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Génesis 32:12«Y tú has dicho: Yo te haré bien»

Cuando Jacob estaba al otro lado del arroyo de Jaboc, y Esaú venía con hombres armados, buscó con fervor la protección de Dios, y como razón maestra alegó: «Y tú has dicho: Yo te haré bien.» ¡Oh, la fuerza de aquel alegato! Estaba tomando a Dios por su palabra: «Tú has dicho.» El atributo de la fidelidad de Dios es un cuerno espléndido del altar del cual asirse; pero la promesa, que tiene en sí el atributo y algo más, es un asidero aún más poderoso: «Tú has dicho: Yo te haré bien.» Y ¿ha dicho, y no lo hará? «Sea Dios verdadero, mas todo hombre mentiroso.» ¿No será él verdadero? ¿No guardará su palabra? ¿No permanecerá firme y se cumplirá toda palabra que sale de sus labios? Salomón, en la dedicación del templo, usó este mismo alegato poderoso. Rogó a Dios que recordara la palabra que había hablado a su padre David, y que bendijera aquel lugar. Cuando un hombre da un pagaré, su honor queda empeñado; firma de su mano, y ha de pagarlo cuando llega el vencimiento, o de lo contrario pierde el crédito. Nunca se dirá que Dios deshonra sus letras. El crédito del Altísimo nunca fue impugnado, y nunca lo será. Es puntual al momento: nunca se adelanta a su tiempo, pero nunca se atrasa. Registra la palabra de Dios de cabo a cabo, y compárala con la experiencia del pueblo de Dios, y hallarás que las dos concuerdan desde la primera hasta la última. Mucho patriarca canoso ha dicho con Josué: «no se ha perdido una palabra de todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros: todas os han venido.» Si tienes una promesa divina, no necesitas alegarla con un «si»; puedes urgirla con certeza. El Señor quería cumplir la promesa, o no la habría dado. Dios no da sus palabras meramente para aquietarnos y mantenernos esperanzados por un tiempo, con la intención de despacharnos al fin; sino que, cuando habla, es porque quiere hacer como ha dicho.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde