5 de abril
Mañana
Lucas 23:26«le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.»Vemos en el llevar la cruz de Simón un cuadro de la obra de la Iglesia a través de todas las generaciones; ella es la portadora de la cruz en pos de Jesús. Advierte, pues, cristiano: Jesús no sufre de modo que excluya tu sufrimiento. Él lleva una cruz, no para que tú escapes de ella, sino para que la soportes. Cristo te exime del pecado, pero no del dolor. Recuerda eso, y espera sufrir.
Pero consolémonos con este pensamiento: que en nuestro caso, como en el de Simón, no es nuestra cruz, sino la cruz de Cristo, la que llevamos. Cuando te molesten por tu piedad; cuando tu religión traiga sobre ti la prueba de crueles escarnios, recuerda entonces que no es tu cruz, es la cruz de Cristo; ¡y cuán delicioso es llevar la cruz de nuestro Señor Jesús!
Llevas la cruz en pos de él. Tienes compañía bienaventurada; tu senda está marcada con las huellas de tu Señor. La marca de su hombro enrojecido de sangre está sobre esa carga pesada. Es su cruz, y él va delante de ti como un pastor va delante de sus ovejas. Toma tu cruz cada día, y síguelo.
No olvides tampoco que llevas esta cruz en compañía. Es opinión de algunos que Simón solo llevó un extremo de la cruz, y no toda ella. Eso es muy posible; Cristo pudo haber llevado la parte más pesada, contra el travesaño, y Simón el extremo más ligero. Ciertamente así es contigo: tú no llevas sino el extremo ligero de la cruz; Cristo llevó el extremo más pesado.
Y recuerda: aunque Simón tuvo que llevar la cruz por muy poco tiempo, ello le dio un honor duradero. Así también la cruz que llevamos es solo por un poco de tiempo a lo más, y entonces recibiremos la corona, la gloria. Ciertamente debiéramos amar la cruz y, en vez de rehuirla, tenerla por muy preciosa, cuando nos obra «un sobremanera alto [y] eterno peso de gloria.»
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Proverbios 15:33«delante de la honra [está] la humildad.»La humillación del alma siempre trae consigo una bendición positiva. Si vaciamos nuestro corazón del yo, Dios lo llenará de su amor. Quien desea una comunión estrecha con Cristo debe recordar la palabra del Señor: «á aquél miraré que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla á mi palabra.» Inclínate si quieres subir al cielo. ¿No decimos de Jesús: «Descendió para ascender»? Así has de hacer tú. Has de crecer hacia abajo, para poder crecer hacia arriba; pues la comunión más dulce con el cielo la obtienen las almas humildes, y solo ellas. Dios no negará bendición alguna a un espíritu enteramente humillado. «Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos», con todas sus riquezas y tesoros. Todo el erario de Dios será traspasado por escritura de donación al alma que sea lo bastante humilde para poder recibirlo sin ensoberbecerse por ello. Dios nos bendice a todos hasta la medida plena y el extremo de lo que es seguro que él haga. Si no recibes una bendición, es porque no es seguro para ti tenerla. Si nuestro Padre celestial dejara que tu espíritu no humillado ganara una victoria en su guerra santa, hurtarías la corona para ti mismo, y al encontrarte con un enemigo nuevo caerías víctima; de modo que se te mantiene bajo para tu propia seguridad. Cuando un hombre es sinceramente humilde, y nunca se atreve a tocar ni un grano de la alabanza, apenas hay límite a lo que Dios hará por él. La humildad nos dispone a ser bendecidos por el Dios de toda gracia, y nos capacita para tratar con eficacia a nuestros prójimos. La verdadera humildad es una flor que adornará cualquier huerto. Esta es una salsa con la cual puedes sazonar todo plato de la vida, y hallarás mejora en cada caso. Sea oración o alabanza, sea obra o sufrimiento, la sal genuina de la humildad no puede usarse en exceso.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde