2 de abril
Mañana
Mateo 27:14«Y no le respondió ni una palabra»Nunca había sido tardo de palabra cuando podía bendecir a los hijos de los hombres, pero no quiso decir una sola palabra por sí mismo. «Nunca ha hablado hombre así como este hombre», y nunca hombre calló como él. ¿Era este silencio singular el índice de su perfecto sacrificio de sí mismo? ¿Mostraba que no pronunciaría una palabra para detener el degüello de su persona sagrada, la cual había dedicado como ofrenda por nosotros? ¿Se había entregado tan enteramente que no intervendría en su propio favor, ni siquiera en el grado más mínimo, sino que sería atado y muerto como víctima que no forcejea ni se queja? ¿Era este silencio figura de que el pecado está sin defensa? Nada puede decirse en paliación ni en excusa de la culpa humana; y por eso aquel que llevó todo su peso se quedó sin habla delante de su juez. ¿No es el silencio paciente la mejor respuesta a un mundo que contradice? La resistencia serena responde algunas preguntas de modo infinitamente más concluyente que la elocuencia más elevada. Los mejores apologistas del cristianismo en los primeros días fueron sus mártires. El yunque rompe una hueste de martillos soportando quietamente sus golpes. ¿No nos proveyó el Cordero de Dios, silencioso, de un grandioso ejemplo de sabiduría? Donde cada palabra era ocasión de nueva blasfemia, la línea del deber era no dar combustible a la llama del pecado. Lo ambiguo y lo falso, lo indigno y lo mezquino, tarde o temprano se derribarán y se refutarán a sí mismos; y por eso la verdad puede permitirse estar quieta, y halla que el silencio es su sabiduría. Evidentemente nuestro Señor, por su silencio, proveyó un cumplimiento notable de la profecía. Una larga defensa de sí mismo habría sido contraria a la predicción de Isaías: «como cordero fué llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.» Por su quietud probó de modo concluyente que él es el verdadero Cordero de Dios. Como tal lo saludamos esta mañana. Sé con nosotros, Jesús, y en el silencio de nuestro corazón déjanos oír la voz de tu amor.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Isaías 53:10«verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.»Aboguen por el pronto cumplimiento de esta promesa, todos ustedes que aman al Señor. Es obra fácil orar cuando estamos cimentados y fundados, en cuanto a nuestros deseos, sobre la propia promesa de Dios. ¿Cómo puede negarse a guardar la palabra aquel que la dio? La veracidad inmutable no puede rebajarse con una mentira, y la fidelidad eterna no puede degradarse con el descuido. Dios ha de bendecir a su Hijo; su pacto lo obliga a ello. Aquello que el Espíritu nos impulsa a pedir para Jesús es aquello que Dios decreta darle. Siempre que estés orando por el reino de Cristo, deja que tus ojos contemplen el alborear del día bienaventurado que se acerca, cuando el Crucificado reciba su coronación en el lugar donde los hombres lo rechazaron. Ánimo, ustedes que trabajan y se afanan en oración por Cristo con un éxito de la más pequeña especie: no será siempre así; tiempos mejores están delante de ustedes. Sus ojos no pueden ver el futuro dichoso: tomen prestado el telescopio de la fe; limpien del cristal el aliento brumoso de sus dudas; miren a través de él y contemplen la gloria que viene. Lector, preguntémonos: ¿haces de esta tu oración constante? Recuerda que el mismo Cristo que nos dice que digamos «Danos hoy nuestro pan cotidiano» nos había dado primero esta petición: «santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.» No sean todas tus oraciones acerca de tus propios pecados, tus propias necesidades, tus propias imperfecciones, tus propias pruebas, sino deja que suban la escala estrellada y lleguen hasta Cristo mismo; y entonces, al acercarte al propiciatorio rociado de sangre, ofrece de continuo esta oración: «Señor, extiende el reino de tu amado Hijo.» Tal petición, presentada con fervor, elevará el espíritu de todas tus devociones. Cuida de probar la sinceridad de tu oración trabajando por promover la gloria del Señor.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde