‹ Devocional

23 de marzo

Mañana

Lucas 22:44«fué su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.»

La presión de la mente, nacida de la lucha de nuestro Señor con la tentación, forzó de tal modo su cuerpo a una conmoción fuera de lo natural, que sus poros echaron grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Esto prueba cuán tremendo hubo de ser el peso del pecado, cuando pudo aplastar al Salvador hasta hacerle destilar grandes gotas de sangre. Esto demuestra el poder inmenso de su amor. Es una observación muy atinada del antiguo Isaac Ambrose que la goma que el árbol exuda sin corte es siempre la mejor. Este precioso árbol de copher dio las especias más dulces cuando fue herido bajo los azotes nudosos, y cuando fue traspasado por los clavos en la cruz; pero mira: da su mejor especia cuando no hay azote, ni clavo, ni herida. Esto pone de manifiesto lo voluntario de los sufrimientos de Cristo, pues sin lanza la sangre fluyó libremente. No hace falta poner la sanguijuela, ni aplicar el cuchillo; fluye por sí sola. No hace falta que los príncipes clamen: «Sube, oh pozo»; de suyo fluye en torrentes carmesí. Si los hombres padecen un gran dolor del ánimo, al parecer la sangre se agolpa en el corazón. Las mejillas palidecen; sobreviene un desmayo; la sangre se ha ido hacia dentro, como para nutrir al hombre interior mientras pasa por su prueba. Pero mira a nuestro Salvador en su agonía. Está tan por completo olvidado de sí, que, en vez de que su agonía empuje la sangre al corazón para nutrirse a sí mismo, la empuja hacia afuera para rociar la tierra. La agonía de Cristo, por cuanto lo derrama sobre el suelo, retrata la plenitud de la ofrenda que hizo por los hombres.

¿No percibimos cuán intenso hubo de ser el forcejeo por el que pasó, y no oiremos la voz con que nos habla? «Aun no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado». Miren al gran Apóstol y Pontífice de nuestra profesión, y suden hasta la sangre antes que ceder al gran tentador de sus almas.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Lucas 19:40«Os digo que si éstos callaren, las piedras clamarán.»

Pero ¿podrían clamar las piedras? Ciertamente podrían, si aquel que abre la boca de los mudos les mandara alzar la voz. Ciertamente, si hablaran, tendrían mucho que atestiguar en alabanza de quien las creó por la palabra de su poder; podrían ensalzar la sabiduría y el poder de su Hacedor, que las llamó a existir. ¿No hablaremos bien nosotros de aquel que nos hizo de nuevo, y de las piedras levantó hijos a Abraham? Las rocas antiguas podrían contar el caos y el orden, y la hechura de Dios en las etapas sucesivas del drama de la creación; ¿y no podemos nosotros hablar de los decretos de Dios, de la gran obra de Dios en los tiempos antiguos, de todo cuanto hizo por su iglesia en los días de antaño? Si las piedras hablaran, podrían contar de quien las quebrantó, de cómo las sacó de la cantera y las hizo aptas para el templo; ¿y no podemos nosotros contar de nuestro glorioso Quebrantador, que nos quebrantó el corazón con el martillo de su palabra, para edificarnos en su templo? Si las piedras clamaran, engrandecerían a su edificador, que las pulió y las labró a semejanza de un palacio; ¿y no hablaremos nosotros de nuestro Arquitecto y Edificador, que nos ha puesto en nuestro lugar en el templo del Dios vivo? Si las piedras pudieran clamar, quizá tendrían una historia muy, muy larga que contar a modo de memorial, porque muchas veces se ha hecho rodar una gran piedra como memorial delante del Señor; y nosotros también podemos dar testimonio de los Eben-ezer, piedras de ayuda, columnas de recuerdo. Las piedras rotas de la ley claman contra nosotros, pero Cristo mismo, que ha hecho rodar la piedra de la puerta del sepulcro, habla por nosotros. Bien podrían clamar las piedras, pero no las dejaremos: acallaremos su ruido con el nuestro; prorrumpiremos en cántico sagrado, y bendeciremos la majestad del Altísimo, glorificándolo todos nuestros días, a aquel a quien Jacob llama el pastor y la piedra de Israel.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde