22 de marzo
Mañana
Mateo 26:39«yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando»Hay varios rasgos instructivos en la oración de nuestro Salvador en su hora de prueba. Fue oración solitaria. Se apartó aun de sus tres discípulos predilectos. Creyente, date mucho a la oración solitaria, sobre todo en tiempos de prueba. La oración en familia, la oración con otros, la oración en la Iglesia, no bastarán; son muy preciosas, pero la especia mejor machacada humea en tu incensario en tus devociones a solas, donde ningún oído oye sino el de Dios.
Fue oración humilde. Lucas dice que se puso de rodillas, pero otro evangelista dice que «se postró sobre su rostro». ¿Cuál, pues, ha de ser tu lugar, tú, humilde siervo del gran Maestro? ¡Cuánto polvo y cuánta ceniza debieran cubrir tu cabeza! La humildad nos da buen punto de apoyo en la oración. No hay esperanza de prevalecer ante Dios a menos que nos abatamos, para que él nos exalte a su debido tiempo.
Fue oración filial. «Abba, Padre». Hallarás que es una fortaleza, en el día de la prueba, alegar tu adopción. No tienes derechos como súbdito; los has perdido por tu traición; pero nada puede quitarle a un hijo el derecho a la protección de su padre. No temas decir: «Padre mío, oye mi clamor».
Fíjate en que fue oración perseverante. Oró tres veces. No ceses hasta que prevalezcas. Sé como la viuda importuna, cuya continua venida alcanzó lo que su primera súplica no pudo ganar. Persevera en la oración, y vela en ella con acción de gracias.
Por último, fue la oración de la resignación. «Empero no como yo quiero, sino como tú». Cede, y Dios cede. Sea como Dios quiere, y Dios determinará lo mejor. Conténtate con dejar tu oración en sus manos, pues él sabe cuándo dar, y cómo dar, y qué dar, y qué retener. Pidiendo así, con fervor y con importunidad, pero con humildad y resignación, de cierto prevalecerás.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Juan 17:24«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo»¡Oh muerte! ¿Por qué tocas el árbol bajo cuyas ramas extendidas el cansancio halla reposo? ¿Por qué arrebatas a los excelentes de la tierra, en quienes está todo nuestro deleite? Si has de usar el hacha, úsala en los árboles que no dan fruto; entonces podrían darte las gracias. Pero ¿por qué quieres derribar los hermosos cedros del Líbano? ¡Oh, detén tu hacha, y perdona a los justos! Pero no, no ha de ser así; la muerte hiere a los mejores de nuestros amigos; los más generosos, los más dados a la oración, los más santos, los más entregados han de morir. ¿Y por qué? Es por la oración de Jesús, que prevalece: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo». Eso es lo que los lleva sobre alas de águila al cielo. Cada vez que un creyente sube de esta tierra al paraíso, es una respuesta a la oración de Cristo. Un buen teólogo de antaño observa: «Muchas veces Jesús y los suyos tiran el uno contra el otro en la oración. Doblas la rodilla en oración y dices: “Padre, quiero que tus santos estén conmigo donde yo estoy”; Cristo dice: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo”». Así el discípulo queda en pugna con su Señor. El alma no puede estar en los dos lugares: el amado no puede estar con Cristo y también contigo. Ahora bien, ¿cuál de los suplicantes ganará la jornada? Si pudieras escoger; si el Rey bajara de su trono y dijera: «Aquí hay dos suplicantes que oran el uno contra el otro: ¿a cuál se ha de responder?». ¡Oh! Estoy seguro de que, aunque fuera una agonía, te levantarías de un salto y dirías: «Jesús, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Renunciarías a tu oración por la vida de tu ser querido, si pudieras hacerte cargo de que Cristo está orando en sentido contrario: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo». Señor, tú los tendrás. Por la fe los dejamos ir.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde