21 de marzo
Mañana
Juan 16:32«seréis esparcidos cada uno por su parte, y me dejaréis solo»Pocos tuvieron comunión con los dolores de Gethsemaní. La mayoría de los discípulos no estaba lo bastante adelantada en la gracia para ser admitida a contemplar los misterios de «la agonía». Ocupados con la fiesta de la pascua en sus propias casas, representan a los muchos que viven de la letra, pero son meros niños en cuanto al espíritu del evangelio. A los doce —más bien, solo a los once— se les concedió el privilegio de entrar en Gethsemaní y ver «esta grande visión». De los once, ocho quedaron a distancia; tuvieron comunión, pero no de aquella clase íntima a la que son admitidos los hombres grandemente amados. Solo tres, altamente favorecidos, pudieron acercarse al velo del misterioso dolor de nuestro Señor: dentro de ese velo ni estos mismos han de entrometerse; ha de quedar de por medio la distancia de un tiro de piedra. Ha de pisar el lagar solo, y del pueblo nadie ha de estar con él. Pedro y los dos hijos de Zebedeo representan a los pocos santos eminentes y experimentados, a quienes cabe anotar como «padres»; estos, por haber hecho negocio en las grandes aguas, pueden medir en algún grado las enormes olas del Atlántico de la pasión de su Redentor. A algunos espíritus escogidos les es dado, para bien de otros y para fortalecerlos para un conflicto futuro, especial y tremendo, entrar en el círculo interior y oír los ruegos del Sumo Sacerdote que padece; tienen comunión con él en sus padecimientos, y son hechos conformes a su muerte. Con todo, ni estos pueden penetrar los lugares secretos del dolor del Salvador. «Tus sufrimientos desconocidos» es la notable expresión de la liturgia griega: había una cámara interior en el dolor de nuestro Maestro, cerrada al conocimiento y a la comunión de los hombres. Allí Jesús es dejado «solo». Aquí Jesús fue, más que nunca, un «don inefable». ¿No tiene razón Watts cuando canta:
Y todos los gozos desconocidos que él da fueron comprados con agonías desconocidas.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Job 38:31«¿Podrás tú impedir las delicias de las Pléyades, ó desatarás las ligaduras del Orión?»Si nos inclinamos a jactarnos de nuestras capacidades, la grandeza de la naturaleza pronto puede mostrarnos cuán poca cosa somos. No podemos mover la menor de todas las estrellas que titilan, ni apagar siquiera uno de los rayos de la mañana. Hablamos de poder, pero los cielos se ríen de nosotros con escarnio. Cuando las Pléyades resplandecen en la primavera con gozo primaveral, no podemos refrenar sus influencias; y cuando Orión reina en las alturas, y el año está sujeto con los grillos del invierno, no podemos aflojar las ligaduras de hielo. Las estaciones giran conforme a la disposición divina, y ni la raza entera de los hombres puede introducir en ello cambio alguno. Señor, ¿qué es el hombre?
En el mundo espiritual, como en el natural, el poder del hombre está limitado por todas partes. Cuando el Espíritu Santo derrama sus delicias en el alma, nadie puede estorbarlas; toda la astucia y la malicia de los hombres son ineficaces para detener el poder benigno y avivador del Consolador. Cuando él se digna visitar una iglesia y reavivarla, los enemigos más encarnizados no pueden resistir la buena obra; podrán ridiculizarla, pero no pueden refrenarla más de lo que pueden hacer retroceder la primavera cuando las Pléyades rigen la hora. Dios lo quiere, y así ha de ser. Por otra parte, si el Señor, en soberanía o en justicia, ata a un hombre de modo que su alma queda en servidumbre, ¿quién puede darle libertad? Solo él puede quitar el invierno de la muerte espiritual de una persona o de un pueblo. Él desata las ligaduras del Orión, y nadie sino él. ¡Qué bendición es que pueda hacerlo! ¡Ojalá obrara el prodigio esta noche! Señor, acaba mi invierno, y que empiece mi primavera. No puedo, con todos mis anhelos, levantar mi alma de su muerte y de su adormecimiento; pero todas las cosas son posibles para ti. Necesito influencias celestiales, los claros resplandores de tu amor, los rayos de tu gracia, la luz de tu rostro: estas son para mí las Pléyades. Mucho padezco por el pecado y la tentación: estos son mis signos invernales, mi terrible Orión. Señor, obra maravillas en mí y por mí. Amén.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde