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20 de marzo

Mañana

Cantares 2:8«mi amado»

Este era un nombre de oro que la Iglesia antigua, en sus momentos de mayor gozo, solía dar al Ungido del Señor. Cuando llegó el tiempo del canto de las aves, y se oyó en su tierra la voz de la tórtola, su nota de amor era más dulce que la una y que la otra, mientras cantaba: «Mi amado es mío, y yo suya; él apacienta entre lirios». Siempre, en su Cantar de los Cantares, lo llama por aquel nombre delicioso: «mi amado». Aun en el largo invierno, cuando la idolatría había marchitado el huerto del Señor, sus profetas hallaron espacio para dejar a un lado, por un breve tiempo, la carga del Señor, y decir, como lo hizo Isaías: «AHORA cantaré por mi amado el cantar de mi amado á su viña». Aunque los santos nunca habían visto su rostro, aunque todavía no había sido hecho carne, ni había habitado entre nosotros, ni el hombre había contemplado su gloria, con todo era la consolación de Israel, la esperanza y el gozo de todos los escogidos, el «amado» de cuantos eran rectos delante del Altísimo. Nosotros, en los días de verano de la Iglesia, también solemos hablar de Cristo como el más amado de nuestra alma, y sentir que es muy precioso, «señalado entre diez mil» y «todo él codiciable». Tan cierto es que la Iglesia ama a Jesús, y lo reclama como su amado, que el apóstol se atreve a desafiar al universo entero a que la aparte del amor de Cristo, y declara que ni las persecuciones, ni la angustia, ni la aflicción, ni el peligro, ni la espada han podido hacerlo; es más, se gloría gozoso: «en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó».

¡Oh, si te conociéramos más, tú, siempre precioso!

Mi sola posesión es tu amor; ni en la tierra de abajo ni en el cielo de arriba tengo otro caudal. Y aunque te ruego con ferviente súplica, e importuno día tras día, nada más te demando.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Efesios 5:25«Maridos, amad á vuestras mujeres, así como Cristo amó á la iglesia»

¡Qué ejemplo de oro da Cristo a sus discípulos! Pocos maestros se atreverían a decir: «Si quieres practicar mi enseñanza, imita mi vida»; pero, como la vida de Jesús es la copia exacta de la virtud perfecta, él puede señalarse a sí mismo como el dechado de la santidad, y también como el maestro de ella. El cristiano no ha de tomar por modelo nada que sea menos que Cristo. En ninguna circunstancia debemos contentarnos, a menos que reflejemos la gracia que hubo en él. Como esposo, el cristiano ha de mirar el retrato de Cristo Jesús, y ha de pintar según esa copia. El verdadero cristiano ha de ser tal esposo como Cristo lo fue para su iglesia. El amor de un esposo es especial. El Señor Jesús guarda para la iglesia un afecto particular, puesto sobre ella por encima del resto de la humanidad: «Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo». La iglesia elegida es la favorita del cielo, el tesoro de Cristo, la corona de su cabeza, el brazalete de su brazo, el pectoral de su corazón, el centro mismo y el núcleo de su amor. El esposo ha de amar a su esposa con un amor constante, porque así ama Jesús a su iglesia. No varía en su afecto. Puede cambiar en la manifestación de su afecto, pero el afecto mismo sigue siendo el mismo. El esposo ha de amar a su esposa con un amor que perdura, porque nada «nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». El verdadero esposo ama a su esposa con un amor de corazón, ferviente e intenso. No es mero servicio de labios. ¡Ah, amado! ¿Qué más pudo haber hecho Cristo en prueba de su amor, de lo que ha hecho? Jesús tiene para con su esposa un amor que se deleita: estima el afecto de ella, y se deleita en ella con dulce complacencia. Creyente, te asombras del amor de Jesús; lo admiras: ¿lo estás imitando? En tus relaciones domésticas, ¿es la regla y la medida de tu amor «así como Cristo amó á la iglesia»?

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde