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19 de marzo

Mañana

Romanos 4:20«esforzado en fe»

Cristiano, cuida bien tu fe; porque recuerda que la fe es el único camino por el cual puedes alcanzar bendiciones. Si queremos bendiciones de Dios, nada puede hacerlas bajar sino la fe. La oración no puede hacer bajar respuestas del trono de Dios, a menos que sea la oración ferviente del hombre que cree. La fe es el mensajero angélico entre el alma y el Señor Jesús en la gloria. Retírese ese ángel, y no podemos ni enviar la oración arriba ni recibir las respuestas. La fe es el hilo telegráfico que enlaza la tierra y el cielo, por el cual los mensajes de amor de Dios vuelan tan raudos que, antes de que llamemos, él responde, y mientras aún estamos hablando, nos oye. Pero si ese hilo telegráfico de la fe se corta, ¿cómo podemos recibir la promesa? ¿Estoy en angustia? Por la fe puedo alcanzar ayuda para la angustia. ¿Me zarandea el enemigo? Mi alma, por la fe, se recuesta en su querido Refugio. Pero quita la fe, y en vano llamo a Dios. No hay camino entre mi alma y el cielo. En lo más crudo del invierno, la fe es un camino por el que pueden transitar los caballos de la oración; sí, y tanto mejor por la helada que muerde. Pero si el camino queda bloqueado, ¿cómo hemos de comunicarnos con el gran Rey? La fe me enlaza con la divinidad. La fe me viste del poder de Dios. La fe pone de mi parte la omnipotencia de Jehová. La fe asegura en mi defensa cada atributo de Dios. Me ayuda a desafiar a las huestes del infierno. Me hace marchar triunfante sobre los cuellos de mis enemigos. Pero sin fe, ¿cómo puedo recibir cosa alguna del Señor? ¡No espere el que vacila —semejante a la onda del mar— recibir cosa alguna de Dios! ¡Oh, pues, cristiano, vigila bien tu fe! Con ella puedes ganarlo todo, por pobre que seas; pero sin ella no puedes alcanzar nada. «Si puedes creer, al que cree todo es posible».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Rut 2:14«comió hasta que se hartó y le sobró.»

Siempre que se nos concede el privilegio de comer del pan que Jesús da, quedamos, como Rut, satisfechos con el convite pleno y dulce. Cuando Jesús es el anfitrión, ningún convidado se va vacío de la mesa. Nuestra cabeza se sacia con la verdad preciosa que Cristo revela; nuestro corazón se contenta con Jesús, como el objeto de afecto del todo codiciable; nuestra esperanza queda satisfecha, porque ¿a quién tenemos en el cielo sino a Jesús?; y nuestro deseo queda saciado, porque ¿qué podemos desear más que «conocerle» y «ser hallado en él»? Jesús llena nuestra conciencia hasta dejarla en paz perfecta; nuestro juicio, con la persuasión de la certeza de sus enseñanzas; nuestra memoria, con los recuerdos de lo que ha hecho; y nuestra imaginación, con la perspectiva de lo que aún ha de hacer. Como Rut «se hartó y le sobró», así es con nosotros. Hemos bebido largos tragos; hemos pensado que podíamos abarcar todo lo de Cristo; pero, cuando hemos hecho cuanto podíamos, hemos tenido que dejar un resto inmenso. Nos hemos sentado a la mesa del amor del Señor, y hemos dicho: «Nada sino lo infinito podrá jamás satisfacerme; tan gran pecador soy, que he de tener mérito infinito para lavar mi pecado»; pero nuestro pecado ha sido quitado, y hemos hallado que había mérito de sobra; nuestro hambre ha sido aliviada en el banquete del amor sagrado, y hemos hallado que quedaba de sobra manjar espiritual. Hay ciertas cosas dulces en la Palabra de Dios que aún no hemos gozado, y que nos vemos obligados a dejar por un tiempo; porque somos como los discípulos, a quienes Jesús dijo: «Aun tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar». Sí, hay gracias a las que no hemos alcanzado; lugares de comunión más cercanos a Cristo, a los que no hemos llegado; y alturas de comunión que nuestros pies no han escalado. En cada banquete de amor quedan muchas cestas de pedazos. Engrandezcamos la liberalidad de nuestro glorioso Booz.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde