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17 de marzo

Mañana

Gálatas 2:10«que nos acordásemos de los pobres»

¿Por qué permite Dios que tantos de sus hijos sean pobres? Podría hacerlos a todos ricos, si le placiera; podría poner sacos de oro a sus puertas; podría enviarles una cuantiosa renta anual; o podría esparcir alrededor de sus casas abundancia de provisiones, como una vez hizo que las codornices yacieran amontonadas en derredor del campamento de Israel, e hizo llover pan del cielo para alimentarlos. No hay necesidad de que sean pobres, salvo que él ve que es lo mejor. «Los millares de animales en los collados» son suyos: podría abastecerlos; podría hacer que los más ricos, los más grandes y los más poderosos trajeran todo su poder y sus riquezas a los pies de sus hijos, porque los corazones de todos los hombres están bajo su dominio. Pero no escoge hacerlo. Permite que padezcan escasez; permite que languidezcan en la penuria y la oscuridad. ¿Por qué es esto? Hay muchas razones. Una es dar a nosotros, los favorecidos con lo suficiente, la oportunidad de mostrar nuestro amor a Jesús. Mostramos nuestro amor a Cristo cuando cantamos de él y cuando le oramos; pero si no hubiera en el mundo hijos de la necesidad, perderíamos el dulce privilegio de dar prueba de nuestro amor, socorriendo con limosnas a sus hermanos más pobres. Él ha ordenado que así probemos que nuestro amor no consiste solo en la palabra, sino en obra y en verdad. Si de veras amamos a Cristo, cuidaremos de aquellos a quienes él ama. Los que le son queridos nos serán queridos. Miremos, pues, no como un deber sino como un privilegio, el aliviar a los pobres del rebaño del Señor, recordando las palabras del Señor Jesús: «En cuanto lo hicisteis á uno de estos mis hermanos pequeñitos, á mí lo hicisteis». Ciertamente esta seguridad es lo bastante dulce, y este motivo lo bastante fuerte, para llevarnos a ayudar a otros con mano pronta y corazón amoroso, recordando que todo cuanto hacemos por su pueblo es aceptado benignamente por Cristo como hecho a él mismo.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Mateo 5:9«Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios.»

Esta es la séptima de las bienaventuranzas; y siete era el número de la perfección entre los hebreos. Puede ser que el Salvador pusiera al pacificador en el séptimo lugar de la lista porque es el que más se acerca al hombre perfecto en Cristo Jesús. Quien quiera tener la bienaventuranza perfecta, en cuanto puede gozarse en la tierra, ha de alcanzar esta séptima bendición y hacerse pacificador. También hay un significado en la posición del texto. El versículo que lo precede habla de la bienaventuranza de «los de limpio corazón: porque ellos verán á Dios». Conviene entender que hemos de ser así: «primeramente es pura, después pacífica». Nuestro talante pacífico no ha de ser jamás un pacto con el pecado, ni tolerancia del mal. Hemos de poner el rostro como pedernal contra todo lo que es contrario a Dios y a su santidad: una vez asentada la pureza en nuestras almas, podemos pasar al talante pacífico. No menos parece haber sido puesto adrede el versículo que sigue. Por muy pacíficos que seamos en este mundo, seremos calumniados y malentendidos; y no es de maravillar, porque aun el Príncipe de paz, por su misma condición pacífica, trajo fuego sobre la tierra. Él mismo, aunque amó al género humano y no hizo mal alguno, fue «despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto». Para que, pues, los de corazón pacífico no se sorprendan cuando encuentren enemigos, se añade en el versículo siguiente: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos». Así, los pacificadores no solo son declarados bienaventurados, sino que están rodeados de bendiciones. ¡Señor, danos gracia para subir hasta esta séptima bienaventuranza! Purifica nuestras mentes para que seamos así: «primeramente es pura, después pacífica», y fortalece nuestras almas, a fin de que nuestro talante pacífico no nos lleve a la cobardía y a la desesperación, cuando por causa tuya seamos perseguidos.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde